Javier Giraldo: la memoria anamnética en una sociedad condenada al olvido

Erik Arellana Bauista

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La primera vez que lo vi, con su cuerpo menudo —no era mucho más grande que yo a mis doce años—, se acercaba al apartamento donde habían raptado a Nydia Érika [Bautista, el 30 de agosto de 1987], para hacer una oración y pedir que apareciera con vida. Vivía todavía mi abuela Domi; estaba Yanette, que nunca dejó de buscar a Nydia Érika, y Andreíta, la testigo silenciosa del rapto que muchos años después se convertiría en la abogada del caso y de muchos otros de desaparición forzada. Así, el padre Javier nos fue acercando a la desaparición forzada, a la defensa de los derechos humanos y de la vida digna, y nos abrió espacios de formación, de creación y de ilusión. Así fui creciendo, admirando su valentía, su terquedad, su manera de acompañarnos como familiares de víctimas: con serenidad, con lumbrera y con un coraje incomparable.

Lo recuerdo junto al abogado Eduardo Umaña Mendoza, defendiendo a los familiares de las víctimas del Palacio de Justicia año tras año, en las conmemoraciones y en los rituales del 5 y 6 de noviembre.

Así me acompañó hasta julio de 1997, cuando los milicos decidieron castigar a mi familia por preguntar por Nydia Érika. Cuando escapé de ellos en la Nacional, fui a la oficina de ASFADDES (Asociación de Familiares de Detenidos Desaparecidos) a informar lo que había pasado y corrí, en compañía de Noris Ascanio, a buscar al padre Javier. Él me dijo que conocía la existencia de un plan para asesinar a más de veinte defensores de derechos humanos, que Amnistía Internacional había tenido noticia de dicho plan y que yo era el cuarto de la lista; a Mario Calderón y Elsa Alvarado, investigadores del CINEP, ya los habían asesinado en su casa. Entonces me ofreció esconderme en un internado mientras me sacaban del país. Así partí al exilio.

Durante el destierro, los militares comprometidos en el rapto, la tortura y el asesinato de Nydia Érika aseguraron que el cuerpo hallado en 1990 no era el suyo. Sus restos fueron exhumados del Cementerio Central de Bogotá para practicar una prueba de ADN que concluyó en… febrero de 2003 y ratificó una coincidencia del 99,9% con sus progenitores. Era ella. La misa la celebró el padre Javier Giraldo con estas palabras: «Estamos aquí frente a estos restos, que han sido objeto de todo tipo de violencia. Sobre esa materia frágil de nuestra humanidad se ejerció todo tipo de violencia: la tortura, el terror, la desaparición. Una historia que ha ido moldeando nuestro corazón, nuestros sentimientos, y que también nos ha ido identificando con otro mundo posible, que vemos cada vez más necesario construir».

A mi retorno a Colombia le propuse a Javier contar la historia del país a través de su mirada; para mí, su compromiso con las comunidades no solo era admirable, sino que nos invitaba a sumarnos a su causa, la de los desfavorecidos: el verdadero cristianismo. Javier se negó —no quería ser protagonista de nada—, pero me invitó a San José de Apartadó a conocer la Comunidad de Paz y a sus líderes, entre ellos Luis Eduardo Guerra, asesinado una semana después junto con su familia por el Ejército de Colombia. De sus enseñanzas nacieron Puentes invisibles de la memoria.

En 2011 publiqué mi primer poemario, cuya presentación Javier escribió con enorme generosidad. Entre tantas enseñanzas, me dejó una palabra: anamnética, la memoria de los vencidos.

[Anamnética] La palabra proviene de un texto publicado en Letras Libres que reflexiona sobre la diferencia entre historia y memoria. La historia suele escribirla quien gana: el que tuvo el poder de nombrar los hechos, de archivarlos, de decidir cuáles merecían un monumento y cuáles un expediente cerrado. Y como el relato oficial no es neutral, sino que es el del vencedor, la memoria pública que de él se desprende termina repitiendo su versión: los muertos del lado derrotado quedan sin nombre, sin fecha y sin tumba, reducidos a cifra, a error de cálculo o a daño colateral. Frente a esa operación, Johann Baptist Metz reformuló la «memoria de los vencidos» de Walter Benjamin mediante la expresión «razón anamnética». No se refiere a la anámnesis platónica, el recuerdo como reminiscencia de lo que el alma ya sabía, sino a la idea bíblica del recuerdo subversivo del sufrimiento en la historia: traer al presente a quienes fueron vencidos, no como pasado clausurado, sino como una interpelación que impide seguir contando el mundo como si su derrota fuera legítima. Por eso la memoria de los vencidos no es un complemento sentimental de la historia: es la única forma de que la historia no quede escrita únicamente por quienes tuvieron la fuerza de imponerla. En un país donde a las víctimas de desaparición forzada se les negó incluso el cuerpo, recordar es un acto de desobediencia.

Así Javier nos regaló la otra historia de Colombia. Nos acompañó en múltiples actos en memoria de las víctimas de desaparición forzada y, con sus textos y reflexiones nos invitó a pensar y a construir un país distinto. Recuerdo aún los cursos de derechos humanos de los que surgió la revista Contagio, coordinada por la Comisión Intereclesial de Justicia y Paz junto a Clemencia Correa y Danilo Rueda. Hace unos meses nos reencontramos para darle las gracias por sus consejos y sus enseñanzas. Alcanzamos a decirle cuánto agradecemos que su ejemplo nos hubiera marcado a tantos el camino de la lucha por la que él entregó su vida. Por ella lo recordaremos; por ella lo volveremos a pasar por el corazón, un corazón que hoy está triste y arrugado.

Gracias, Javier, por tu compromiso, por tus enseñanzas, por tu legado, y porque seres como tú nos inspiran a no desfallecer.

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