Diario de manifestaciones sociales: una poderosa travesía por las heridas abiertas de la patria

Edson Velandia, Umberto Giangrandi y Gustavo Vasco regalan al país un viaje gráfico, sonoro, experimental y profundamente político a través de once momentos que nos hablan de las fracturas de una sociedad atravesada por las divisiones económicas, políticas y sociales. Una travesía entre escalas de grises y los colores de una bandera que parece desteñirse bajo el peso de una patria clasista, racista y excluyente, incapaz de reconocerse en la diversidad de quienes la habitan.
Erik Arellana Bautista

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Por Erik Arellana Bautista

Diario de manifestaciones sociales, el más reciente performance liderado por Edson Velandia, rompe con la imagen habitual del guitarrista y compositor cuyas líricas han puesto a cantar, reír y reflexionar a un amplio sector de la sociedad colombiana. Sus canciones, asociadas a las luchas sociales, las movilizaciones populares y la crítica política, han construido un lenguaje propio en el que el humor, la irreverencia y la poesía se convierten en herramientas para desnudar las contradicciones del poder.

Este trabajo de difícil definición se estreno ‘mundialmente’ este jueves 8 de octubre en el teatro Jorge Eliécer Gaitán de Bogotá dentro del Festival NO Convencional. En esta ocasión, Velandia trasciende el lugar del músico para asumir la dirección de una experiencia escénica en la que confluyen la interpretación musical, la narración y la sátira política a partir de un archivo fotográfico inédito construido por Umberto Giangrandi durante cerca de cuarenta años. Desde un personaje disfrazado que emula a un locutor profesional, lee, interpela y se burla con particular agudeza de las élites colombianas, de sus privilegios heredados y de los guardianes que los custodian. Esos murciélagos que revolotean alrededor del poder, siempre dispuestos a defenderlo, aparecen como una metáfora de quienes protegen los intereses de los poderosos con la ferocidad de los perros de caza.

La Iglesia católica tampoco escapa a esta mirada crítica. Bajo la premisa irónica de que también existen curas buenos, el espectáculo nos conduce hacia las relaciones históricas entre religión, autoritarismo y violencia política. La invocación de Cristo Rey remite inevitablemente a las tradiciones del nacionalcatolicismo y al franquismo español, bajo cuya represión miles de personas señaladas como rojas fueron asesinadas y arrojadas a las fosas comunes, convertidas en desaparecidas de una guerra que todavía interpela la memoria democrática. Pero estas referencias no permanecen confinadas al pasado europeo. Resuenan en la historia colombiana, donde la religión, el patriotismo y la defensa de un supuesto orden moral han servido también para justificar exclusiones, persecuciones y violencias contra quienes se atrevieron a pensar distinto. De hecho, las invocaciones a Cristo Rey han regresado con machacona insistencia en los últimos dos meses.

La patria aparece en esta propuesta como un territorio en disputa. No aquella patria abstracta de los discursos oficiales, las ceremonias militares y los símbolos intocables, sino la patria concreta de las y los campesinos despojados, de las y los trabajadores precarizados, de las comunidades racializadas, de las y los estudiantes reprimidos y de las víctimas que todavía reclaman verdad y justicia.

En ese escenario, la llamada batalla cultural adquiere un significado profundamente político. No se trata únicamente de una confrontación entre discursos ideológicos, sino de una disputa por el sentido de la historia, por aquello que una sociedad decide recordar y por las voces que pretende condenar al silencio. Frente a quienes permanecen firmes en la defensa del retroceso de los derechos humanos, sociales y culturales, la movilización emerge como una forma de resistencia y de afirmación colectiva.

Uno de los mayores aciertos estéticos del espectáculo está en su construcción visual y sonora. El formato evoca los orígenes del cinematógrafo, cuando las imágenes del cine mudo eran acompañadas por músicos que interpretaban en vivo las emociones, tensiones y acontecimientos proyectados sobre la pantalla. Aquí, la música no funciona como un simple acompañamiento: dialoga con las imágenes, las contradice, las interroga y les otorga nuevas posibilidades de interpretación. Gustavo Vasco ha sido el responsable de organizar las imágenes de Giangrandi en una construcción cinematográfica para que Velandia hiciera una lectura musical en vivo especialmente concebida para ellas.

La selección fotográfica revela una curaduría delicada de Vasco, cargada de sentido histórico y político. Cada imagen parece convocar los fantasmas de una historia que se resiste a desaparecer. Los rostros, las multitudes, los gestos de inconformidad y las escenas de protesta conforman una memoria visual de las luchas populares que han atravesado Colombia.

Las fotografías no son únicamente documentos de un tiempo pasado. Son testimonios que dialogan con el presente y nos recuerdan que muchas de las razones que llevaron a miles de personas a movilizarse durante el siglo XX continúan sin resolverse. La desigualdad en la distribución de la riqueza, el racismo estructural, la concentración de la tierra, la violencia política y la exclusión social permanecen como heridas abiertas que reaparecen en cada nueva generación de manifestantes.

Quizás allí reside una de las mayores virtudes de Diario de manifestaciones sociales: su capacidad para construir puentes entre las luchas de ayer y las inconformidades del presente, sin renunciar al humor ni a la experimentación artística. La memoria de las movilizaciones no es, así, una sucesión de acontecimientos encerrados en los archivos. Es una historia viva, hecha de cuerpos que ocuparon las calles, de voces que desafiaron el miedo, de canciones que acompañaron las marchas y de imágenes que sobrevivieron a los intentos de imponer el olvido.

En tiempos en los que algunos sectores pretenden reducir la protesta social a una amenaza contra el orden, este ejercicio artístico nos recuerda que buena parte de los derechos conquistados fueron alguna vez exigencias incómodas, pronunciadas por personas que se negaron a aceptar como natural la injusticia.

Velandia consigue transformar esa incomodidad en una experiencia estética. Su irreverencia no busca simplemente provocar la risa, sino abrir grietas en las certezas del poder. Su música y su puesta en escena nos invitan a reconocer que detrás de cada movilización existe una historia de agravios, pero también una voluntad colectiva de transformar la realidad.

Diario de manifestaciones sociales es, en ese sentido, mucho más que una propuesta artítica. Es un ejercicio de memoria política, una intervención artística sobre las narrativas de la nación y una invitación a preguntarnos por qué, después de tantas décadas de luchas sociales, seguimos marchando por derechos que deberían estar garantizados.

Tal vez porque la patria todavía no termina de pertenecernos a todos y todas. Tal vez porque sus colores siguen desteñidos por la desigualdad, el racismo y la violencia. O tal vez porque, mientras persistan las injusticias, siempre habrá quienes encuentren en la música, en el arte y en las calles una manera de devolverle a esa bandera los colores de la dignidad.

Y porque, al final, toda movilización es también una forma de imaginar el país que todavía no hemos conseguido construir.

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