Hay una forma de medir el tiempo que no aparece en los calendarios: es la de quienes esperan el regreso de alguien a quien desaparecieron forzadamente. Para Pilar Navarrete, el 6 de noviembre de 1985 no terminó cuando cesaron los disparos en el Palacio de Justicia; tampoco cuando se apagó el incendio, ni cuando las autoridades comenzaron a contar los muertos.
Aquel día comenzó otra historia: la de una mujer que tuvo que aprender a vivir entre fotografías, expedientes, testimonios, diligencias judiciales y preguntas sin respuesta. Su esposo, Héctor Jaime Beltrán Fuentes, conocido familiarmente como ‘Jimmy’, trabajaba en la cafetería del Palacio. No era magistrado, militar ni guerrillero, era un trabajador que aquella mañana acudió a cumplir su jornada y nunca regresó a casa.
Durante más de tres décadas, Pilar sostuvo su búsqueda. Su historia se entrelazó con la de otras once familias que reclamaban respuestas sobre sus hijos, esposos, hermanos y padres.

En 2017, una identificación forense reveló que los restos de Jimmy habían permanecido durante más de treinta años en una tumba de Barranquilla, donde habían sido sepultados como si pertenecieran al magistrado auxiliar Julio César Andrade. El hallazgo resolvió una parte de la incertidumbre, pero abrió otra herida: la familia Andrade descubrió que había despedido y visitado durante décadas los restos de una persona distinta.
La tragedia del Palacio había producido una paradoja devastadora. Mientras una familia buscaba a su desaparecido, otra había construido su duelo alrededor de una identificación equivocada. La búsqueda no terminó con la entrega de los restos, quedaban las preguntas sobre las circunstancias de la muerte de Jimmy y las irregularidades que permitieron semejante confusión. Pilar había encontrado a su esposo, pero todavía necesitaba conocer la verdad.
Su historia revela una dimensión esencial de la desaparición forzada: no solamente se arrebata a una persona de su entorno familiar. También altera la relación de quienes sobreviven con el tiempo, con la muerte y con la posibilidad misma de cerrar un duelo.
La habitación de Julieta: la memoria de quienes no tenían poder
A pocas cuadras del Palacio de Justicia, en el barrio La Candelaria, el dramaturgo Miguel Torres situó el universo de La Siempreviva, una de las obras más significativas del teatro colombiano sobre la desaparición forzada. Allí no aparecen grandes operaciones militares ni discursos presidenciales como centro de la historia. Aparece en una casa, una madre viuda, Lucía, que intenta sostener a su familia alquilando habitaciones. Su hija Julieta estudia Derecho y trabaja en la cafetería del Palacio de Justicia. Los habitantes del inquilinato comparten las dificultades económicas, las pequeñas alegrías y las tensiones cotidianas de una ciudad atravesada por la violencia. Hasta que Julieta desaparece.
El personaje nació de una investigación que llevó a Miguel Torres a conocer a la familia de Cristina del Pilar Guarín Cortés, una de las trabajadoras de la cafetería desaparecidas durante los acontecimientos de noviembre de 1985. El dramaturgo conoció su habitación, conservada por sus familiares como un espacio de memoria y espera.
Esa imagen contiene una fuerza que ninguna reconstrucción militar puede reemplazar: una habitación donde los objetos sobreviven a su propietaria, donde la ausencia ocupa un lugar físico y donde la esperanza se convierte en una forma de resistencia. La Siempreviva transforma la desaparición en una experiencia íntima y colectiva. El país aparece representado en una casa donde la violencia entra sin pedir permiso, altera las relaciones familiares y destruye la aparente seguridad de la vida cotidiana. La obra propone una pregunta distinta a la que domina los relatos de guerra, no pregunta quién ganó la batalla, pregunta qué ocurre con una madre cuando su hija no vuelve. Ese cambio de enfoque transforma profundamente la manera de comprender el Palacio de Justicia.

La memoria de los vencidos
La historia oficial suele organizarse alrededor de quienes toman decisiones: presidentes, comandantes, magistrados, dirigentes insurgentes y funcionarios del Estado. Sus nombres permanecen en los archivos, las sentencias y los discursos, pero existe otra historia, construida desde quienes no controlaban las armas, las instituciones ni los medios para explicar lo sucedido, es la memoria de los vencidos.
No porque las víctimas hayan renunciado a sus derechos, sino porque fueron colocadas en una situación de profunda desigualdad frente a las estructuras de poder que administraban la información, los expedientes y las versiones públicas de los acontecimientos. En el Palacio de Justicia, esa memoria tiene nombres propios: Cristina del Pilar Guarín, Héctor Jaime Beltrán, Carlos Augusto Rodríguez Vera, Irma Franco Pineda, Ana Rosa Castiblanco, Carlos Horacio Urán y muchas otras personas cuya vida quedó atravesada por la tragedia. También tiene los nombres de quienes sobrevivieron para buscar.
Pilar Navarrete representa una de esas resistencias. Su búsqueda contribuyó a mantener abierta una historia que no podía darse por concluida mientras existieran desaparecidos, identificaciones erróneas y preguntas sin resolver. Las familias no fueron solamente destinatarias de las decisiones judiciales, se convirtieron en protagonistas de la exigencia de verdad.
Tuvieron que aprender a interpretar documentos, controvertir versiones institucionales, preservar pruebas y sostener públicamente sus denuncias. En ese proceso, la memoria dejó de ser únicamente una experiencia privada, se transformó en una acción política y una exigencia de derechos humanos.
Las mujeres impidieron que el silencio se convirtiera en historia y se evidencia una característica que atraviesa buena parte de las luchas por la verdad en Colombia: la presencia persistente de mujeres que asumieron la búsqueda de sus familiares desaparecidos. Madres, esposas, hermanas e hijas transformaron el dolor en organización, la ausencia en denuncia y el recuerdo en una demanda pública de justicia.
En el caso del Palacio de Justicia, las trayectorias de Pilar Navarrete y de las familias de Cristina del Pilar Guarín y Carlos Horacio Urán muestran cómo la búsqueda ha pasado de una generación a otra. No se trata de presentar a las mujeres únicamente como figuras del sufrimiento, su experiencia también revela conocimientos, capacidades de investigación, formas de organización, y una resistencia sostenida frente a la indiferencia institucional. El derecho a la verdad ha sido conquistado, en buena medida, mediante esa persistencia.
Durante décadas, las familias confrontaron la sospecha, las versiones contradictorias y los obstáculos para acceder a información sobre sus seres queridos. La desaparición impuso una carga que trascendió el dolor emocional y también produjo consecuencias económicas, sociales y familiares, al obligar a muchas personas a reorganizar sus vidas alrededor de la búsqueda.
Desde esta perspectiva, el Palacio de Justicia no es solamente una historia de violencia estatal e insurgente, es también una historia sobre el papel de las mujeres en la defensa de los derechos humanos y la construcción de la memoria democrática.
Del escenario teatral a las pantallas: quién tiene derecho a contar la historia
El próximo 6 de noviembre, cuando se cumplan 41 años de la toma y retoma del Palacio de Justicia, Netflix estrenará Palacio, una serie de ocho episodios que reconstruye los acontecimientos y sus consecuencias. Entre los personajes centrales aparece Pilar Navarrete, interpretada por Natalia Reyes.
La producción también recrea a figuras como el coronel retirado Luis Alfonso Plazas Vega, el presidente Belisario Betancur y el magistrado Alfonso Reyes Echandía. El estreno introduce una oportunidad para que nuevas generaciones conozcan acontecimientos que marcaron profundamente la historia colombiana y también plantea una responsabilidad narrativa.
Toda reconstrucción audiovisual selecciona personajes, organiza acontecimientos y decide desde dónde mirar. No es lo mismo contar el Palacio desde los tanques que ingresaron al edificio que hacerlo desde una familia que esperó durante décadas. Tampoco es equivalente reconstruir una operación militar desde la perspectiva de sus comandantes que narrar las consecuencias sufridas por las personas que fueron evacuadas, detenidas o desaparecidas.
La ficción histórica tiene derecho a construir personajes, situaciones y recursos dramáticos, sin embargo, cuando aborda graves violaciones de derechos humanos, debe distinguirse de la reconstrucción judicial y documental.
La serie todavía no se ha estrenado, su tratamiento definitivo de las víctimas solo podrá evaluarse cuando esté disponible. Lo que sí puede afirmarse es que su llegada reabre una conversación sobre la memoria y la responsabilidad de contar acontecimientos traumáticos sin convertir el sufrimiento en un simple recurso de entretenimiento. En ese sentido, La Siempreviva ofrece un antecedente fundamental, la obra de Miguel Torres no necesitó reconstruir cada disparo para mostrar la magnitud de la tragedia, le bastó con representar una casa donde alguien seguía esperando.
La polémica alrededor de Plazas Vega
Entre los honores militares y las deudas con las víctimas, la conmemoración de 2026 coincide con una controversia pública alrededor del coronel retirado Luis Alfonso Plazas Vega y la confirmación, este lunes 26 de octubre, de su designación como embajador de Colombia en Perú. Plazas Vega participó en la operación militar de retoma y posteriormente fue investigado por desapariciones ocurridas durante aquellos acontecimientos.
Aunque recibió una condena penal, la Corte Suprema de Justicia la revocó en 2015 y lo absolvió en el proceso correspondiente. Pero la absolución de un individuo no borra las violaciones de derechos humanos que fueron reconocidas en otros procesos judiciales, incluida la sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos de 2014.

La designación diplomática vuelve a poner en discusión dos formas de narrar el pasado, una reivindica a determinados integrantes de las Fuerzas Militares por su participación en la recuperación del Palacio y por las decisiones judiciales que los favorecieron, la otra reclama que la memoria institucional reconozca las desapariciones forzadas, las torturas, las muertes y las responsabilidades estatales establecidas judicialmente.
La cuestión de fondo es sobre cómo se construyen los reconocimientos públicos en una sociedad que todavía tiene deudas con las víctimas. Mientras se discuten nombramientos y homenajes, las familias continúan preguntando por las circunstancias de las muertes, las desapariciones y las actuaciones institucionales que dificultan su esclarecimiento. Esa distancia entre los honores oficiales y las búsquedas constituye una de las tensiones más significativas de la memoria del Palacio de Justicia.
La verdad no termina cuando aparecen los restos
La experiencia de Pilar Navarrete permite comprender una diferencia que suele ‘desaparecer’ en las conmemoraciones oficiales. Encontrar los restos de una persona no equivale necesariamente a esclarecer su muerte. Una identificación forense puede responder quién está enterrado en determinado lugar, pero no siempre establece cómo murió, quién fue responsable o por qué su cuerpo fue entregado bajo otra identidad.
En el caso de Héctor Jaime Beltrán, el hallazgo de 2017 permitió una entrega digna después de décadas de búsqueda. Sin embargo, su familia continuó reclamando respuestas. La verdad es un derecho que comprende múltiples dimensiones: conocer lo ocurrido, establecer las circunstancias de las violaciones, identificar responsabilidades y comprender los mecanismos que permitieron su ejecución u ocultamiento.
Por eso, la memoria no puede limitarse a una placa conmemorativa ni a una ceremonia anual. La memoria requiere archivos abiertos, investigaciones rigurosas, garantías para las familias y reconocimiento de las responsabilidades establecidas. También exige comprender que el daño no terminó en noviembre de 1985. Continuó en los años de incertidumbre, en los “errores” de identificación, en los obstáculos judiciales y en las sucesivas generaciones que heredaron preguntas sin resolver.
Preguntas que siguen abiertas
La memoria de los vencidos no consiste en sustituir una versión oficial por otra versión incuestionable, consiste en recuperar las experiencias de quienes fueron silenciados y devolverles un lugar central en la reconstrucción de la historia. Cuarenta y un años después, el Palacio de Justicia sigue planteando preguntas sobre los límites del poder, la responsabilidad de las instituciones y el valor de la vida humana en medio de la confrontación armada.
La toma guerrillera y la retoma militar forman parte de esa historia, también las sentencias, las absoluciones, las condenas y las decisiones internacionales. Pero ninguna reconstrucción estará completa mientras deje por fuera a quienes tuvieron que convertir su existencia en una búsqueda.
En noviembre de 2026, las pantallas volverán a mostrar el Palacio en llamas, el desafío será mirar también aquello que las llamas dejaron fuera de cuadro: las casas donde alguien no regresó, las familias que buscaron durante décadas y las mujeres que hicieron de la memoria una forma de exigir justicia. La historia del Palacio de Justicia no terminó cuando cesaron los disparos, continuó en la vida de quienes sobrevivieron para preguntar y mientras esas preguntas permanezcan abiertas, la memoria seguirá siendo una forma de resistencia frente al olvido.

