Crónica desde el único municipio del Eje Cafetero donde ganó Petro

En los dominios electorales del uribismo no todo el mundo sigue la corriente. Hay un pequeño municipio donde, sin campaña y sin promotores, Colombia Humana ganó las elecciones. Pueblo Rico merece la pena una visita tranquila.

En Pueblo Rico uno ve frente al mostrador de su negocio a Eliécer Vargas, un comerciante al que todas las guerrillas extorsionaron durante años –le robaban la mercancía, le mandaban boletas amenazantes, se le aparecían armados en el supermercado, hasta secuestraron un hermano suyo– y en la esquina contraria puede tomar tinto en los billares junto al campesino Óscar Userquia, quien estuvo a punto de morir tres veces el 1 de septiembre del 2000, primero cuando quedó atrapado en una emboscada de las FARC sobre la carretera que sube al cerro Montezuma, después cuando la Fuerza Aérea bombardeó el cerro indiscriminadamente toda la noche, y al otro día, cuando unos soldados del Batallón Quimbaya lo agarraron y estuvieron a un pelo de pegarle un tiro porque le vieron cara de guerrillero.

Acá cualquiera indica el punto cerca al matadero municipal donde un comando del frente Cacique Calarcá ejecutó al finquero y ex concejal Gabriel Jaime Cano después de sacarlo de su casa, o el desvío hacia la vereda Palo Blanco donde el ELN asesinó al concejal Juan Bautista Agudelo. Cualquiera señala los restos del avión fantasma estrellado contra el cerro Tatamá después de un combate con las FARC en el año 2000, cualquiera sabe el nombre de la comunidad indígena que tuvo que desplazarse completa en 2016 por amenazas de grupos armados, cualquiera conoce el río en que los paramilitares masacraron en 1997 a cinco mineros que sacaban arena, o la casa de Yolanda Maturana, en Santa Cecilia, una líder ambientalista asesinada en febrero de este año, o la salida al corregimiento de Villa Clareth, donde la gente todavía recuerda que una patrulla de la Octava Brigada ametralló un partido de futbol el 1 de agosto del 2005 sólo porque había dos guerrilleros de civil cerca de la cancha: mataron a la niña indígena Lucelys Osorio Nequirucama y dejaron herida a su madre Leticia Nequirucama. Uno de los guerrilleros logró escapar, al otro lo capturaron vivo y lo fusilaron delante de los campesinos como escarmiento.

Este es un pueblo remoto de Risaralda, en la vertiente del Pacífico, justo en las faldas del imponente Tatamá, el pico más elevado de la cordillera occidental. Es el municipio más pobre del departamento y también tiene los niveles de desigualdad más altos de todo el Eje Cafetero: según el DANE, el 52% de los habitantes de Pueblo Rico viven con las necesidades básicas insatisfechas, porcentaje que en el entorno rural se incrementa al 61%. Más de la mitad de las viviendas no cuentan con servicio de alcantarillado y la tercera parte de la población es analfabeta o no cursó ningún nivel educativo. Aunque la gran mayoría de los puebloriqueños habita en veredas y zonas rurales –allí está el 74% de la población– este municipio es el que menos vías terciarias tiene en todo el departamento: para ir al casco urbano a vender sus productos los indígenas y campesinos deben fatigar horas, y a veces días, por trochas que el invierno arruina constantemente.

Acá, en este pueblo azotado por la guerra como pocos en la región, que tiene 5.699 habitantes reconocidos como víctimas del conflicto armado, acá donde indígenas (36%) y afrocolombianos (15%) suman más de la mitad del censo, acá es frecuente que los niños embera se mueran en el monte por malarias o mordeduras de serpiente. Acá –también– Gustavo Petro derrotó a Iván Duque en las elecciones; fue el único municipio donde ganó entre los 53 del Eje Cafetero, la región más uribista del país sólo igualada por Antioquia.

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Rubén Darío Ruíz dejó de ser el alcalde anónimo de un municipio pequeño y alejado de las metrópolis cuando la revista Semana publicó unas fotos de la agresión que hicieron contra él varios simpatizantes de Iván Duque el día de las elecciones. Sobre las seis de la tarde del 17 de junio, en la plaza, unos comerciantes y finqueros de Pueblo Rico celebraban con licor el triunfo del candidato uribista en las presidenciales. No obstante, por los boletines de la Registraduría se sabía que en Pueblo Rico había sido más alta la votación de Gustavo Petro. Entonces, se les ocurrió pintar unas camionetas aparcadas frente a la alcaldía, con ello le reclamaban a Ruíz el hecho de que no quiso comprometerse con la campaña de Iván Duque y en cambio había dicho a sus amigos que votaría por Petro. “Alcalde, era con Duque”, escribieron con pintura blanca en los parabrisas. Rubén Darío Ruíz no creyó que fuera nada grave a pesar de que el coronel de la Policía le pidió que saliera por la puerta trasera. El alcalde terminó las faenas con los delegados de la Registraduría y se fue a su casa cruzando por un lado del alboroto. Los otros ya estaban tan borrachos que ni lo vieron salir.

Pero las fotos que alguien tomó desde el café de la esquina se hicieron virales al día siguiente. En ellas se ve a Leonardo Vargas Jaramillo –concejal del Partido de la U– pintando uno de los vehículos, mientras un corrillo de gente lo rodea.

Rubén Darío Ruiz, alcalde de Pueblo Rico | Foto: Daniela Castro

Los uribistas se defendieron atacando, como aprendieron de su jefe: acusaron al alcalde de financiar la campaña de Petro con dineros públicos y después el senador del Centro Democrático Alejandro Corrales salió a declarar sin ninguna evidencia que en Pueblo Rico la guerrilla había obligado a la gente a votar por el candidato de la Colombia Humana. Lo que siguió era lógico: Rubén Darío Ruíz apareció amenazado de muerte en una lista de las Águilas Negras que circuló desde el viernes 13 de julio, aunque él sólo se enteró el 18, cuando la radio y los noticieros empezaron a llamarlo para entrevistas.

El alcalde reconoce que votó primero por Fajardo y luego por Gustavo Petro aunque no compartía del todo su programa. Pero es tajante en una cosa: ni le hizo campaña, ni movió un peso de la alcaldía. “Gana en primera vuelta Juan Manuel Santos [la reelección], gana la segunda vuelta duplicando los votos, después gana el Sí en el plebiscito”, explica Ruíz. “En la consulta Petro sacó 87 votos más que Duque, era obvio que esta vez iba a ganar Petro: triplicó la votación en la segunda vuelta”.

Logramos comunicarnos con el concejal Leonardo Vargas Jaramillo por teléfono el 3 de agosto. Asegura que quienes pintaron las camionetas fueron dos comerciantes del pueblo. Según su versión, él estaba celebrando con los demás simpatizantes de Iván Duque y simplemente se acercó a mirar. No obstante, esto contradice los testimonios de varios testigos y la evidencia de las mismas fotos, donde se ve al concejal con un frasco de pintura en la mano. Vargas Jaramillo cree que los funcionarios de la alcaldía enviaron las fotos a la Revista Semana para “enlodar” su nombre porque él ha sido opositor al alcalde: “Eso fue para perjudicarme a mi”, asegura el concejal, “porque yo ya renuncié al concejo y voy a aspirar a la alcaldía”.

“Fue más bien una recocha pesada que se les salió de las manos, no pensaron en la dimensión de las consecuencias que iba a traer esa chanza de mal gusto”, dice una funcionaria de la alcaldía que presenció los hechos. Muchos en Pueblo Rico consideran que el episodio de las camionetas pintadas sólo fue un alboroto de los medios de comunicación, incluso comentan que algunos de los que estuvieron presentes son amigos del alcalde o salen a montar bicicleta con él. Pero Rubén Darío Ruíz no opina lo mismo: “Créame, hay gente muy enojada conmigo y con algunos líderes. Puede ser lo coyuntural y conmigo están pescando en río revuelto. La otra hipótesis es que hay gente muy disgustada, gente que quería que Duque ganara como fuera, en una reunión con todos los cafeteros lo dijeron. No me voy a ir, voy a terminar mi alcaldía, con muchas dificultades y recortes presupuestales”, concluye Ruíz. “Yo no influyo en nada. ¿Qué puede influir un alcalde de un municipio tan pobre como Pueblo Rico? Pero generamos opinión nacional y uno no puede olvidar que hay grupos extremistas”.

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Parecerá insólito: en el pueblo sostienen que nadie le hizo campaña a Gustavo Petro, que no se veían afiches, que no se repartieron volantes, que no existió equipo alguno moviendo gente el día de las votaciones. Sostienen que la votación fue espontánea, a conciencia. “La gente está volviendo al campo, quieren estar en paz y sienten temor porque el presidente electo es de la corriente de Uribe y no quieren que se reactive otra vez lo de los paramilitares, todo esto de los falsos positivos”, me cuenta una líder que fue concejal y conoce bien las comunidades mestizas de la parte alta del municipio. “Yo creo que eso hizo que la gente se inclinara más hacia Petro”.

Esto lo había reafirmado el alcalde, quien explicó la simpatía de mucha gente hacia el programa de la Colombia Humana gracias a los procesos de organización de las víctimas en el municipio, procesos que han sido especialmente fuertes en corregimientos como Santa Cecilia, un caserío limítrofe con el Chocó donde la mitad de la población tuvo que desplazarse entre el 2000 y el 2004 por la confrontación de las FARC con el Ejército y los grupos paramilitares.

Si no hubo un equipo de campaña… ¿a quién habría que atribuir el triunfo? Los profesores estaban con Petro desde antes del comienzo de la contienda electoral, asegura un docente retirado, y los cabildos indígenas también.

Aristídes Pino Mosquera es uno de esos profesores, además participa del Consejo Comunitario que representa a los afrocolombianos del corregimiento de Santa Cecilia. Si bien advierte que no es petrista, él fue un activo promotor de la Colombia Humana entre las comunidades negras del municipio. “A Petro le estaba haciendo la campaña el Estado colombiano”, razona el profesor Aristídes, “porque el voto de Petro no fue otra cosa sino el inconformismo que con este sistema tienen las comunidades, los grupos vulnerables, los grupos étnicos, los campesinos… Los que votaron por Petro no son petristas, no son seguidores de Petro, no están en el movimiento de Petro, sino que encontraron una persona que habló de lo que la gente necesita. Te digo francamente, no fue el alcalde, fue un sentimiento popular, un consenso general, una deducción lógica que hizo la gente”.

Aristídes Pino resume en clave étnica el apoyo mayoritario que obtuvo el candidato de la Colombia Humana en Pueblo Rico y, en general, en toda la región del Pacífico: “La gente nuestra sintió amenazado su territorio colectivo, también los resguardos indígenas. ¿Por qué? Por el planteamiento que estaba haciendo Paloma Valencia de abolir la consulta previa a los grupos étnicos, que es el único mecanismo que tenemos, junto a la tutela, de hacer valer nuestros derechos”. También, agrega él, hay un segundo elemento en clave extractivista: la gente entendió que debía votar por Petro para evitar “la amenaza que hay sobre el territorio por parte de las multinacionales y de los sectores que explotan minerales”.

Cuando la revista Semana publicó las fotos de unas camionetas pintadas estaba olvidando la otra, la verdadera noticia: un candidato sin maquinarias y sin respaldos ganó a contracorriente en el pueblo más pobre de la región más uribista del país. Algo está pasando en la Colombia profunda.