De la ‘Cristilandia’ del padre Restrepo al exorcismo de monseñor Jaramillo Montoya

La Iglesia católica ha ejercido un poder y una influencia sin límite en Colombia, Estado que sólo se declara laico desde 1991. La excéntrica propuesta del obispo de Buenaventura de exorcizar la ciudad recuerda otras peregrinas ideas del establecimiento católico para 'salvar' la país.

John Rick Miller escuchaba voces. No cualquier voz, por supuesto. Se trataba de voces divinas. En 2007, el llamado como “embajador de la Virgen María” visitó Colombia y habló –por supuesto- con el Señor Caído que allí es rezado. El Cristo le manifestó a Miller que el país había perdido el rumbo desde que en 1991 la Constitución declarara al país como laico y desde que en 1994 una sentencia impidiera seguir renovando de forma oficial la consagración del país al Sagrado Corazón.

De vuelta a su hogar, en Londres, escuchó otra voz que le dijo: “Vaya donde el Presidente [Álvaro] Uribe” y con tan precisas señas pidió audiencia en el Palacio de Nariño. El primer encuentro entre ambos, en mayo de 2008, cuando el ‘tesoro’ del computador de Raúl Reyes parecía marcar el ritmo político del país, terminó con una oración en común y poco después, el mandatario, su familia y un buen puñado de generales de la República se consagraron a los corazones de Jesús y María.

Poco después, monseñor Pedro Rubiano, entonces arzobispo de Bogotá (ahora arzobispo emérito) impulsó la consagración de cientos de templos a la Virgen María. “La Virgen hace parte de la cultura de los colombianos, está por todos lados. Este es más que un merecido reconocimiento de la fe católica a la madre de Jesús”, explicó el entonces máximo responsable de la Iglesia católica colombiana. La ceremonia principal se realizó el 12 de octubre –fecha conflictiva- en la Catedral de Bogotá con 5.000 personas congregadas. John Rick Miller estaba convencido de que “con esta nueva consagración vendrán grandes bendiciones para el país”. De hecho, según él, la liberación de Ingrid Betancur o algunos éxitos militares significativos de aquellos años se debieron a la oración promovida por él.

No parece que el milagro haya perdurado, pero lo cierto es que las voces de Miller (fallecido en 2015) no son  las primeras que condicionan la vida política y social del país. En estos días ha recorrido los medios internacionales la noticia de que el obispo de Buenaventura (Valle del Cauca) pretende exorcizar a la ciudad convertida en puerto para sacarle el demonio que está en el origen de todos sus males. El exorcismo, previsto para el 13 de julio, tras el escándalo, ha sido ‘transformado’ por el obispo Rubén Darío Jaramillo Montoya en una “bendición” y consistirá en lanzar agua bendita desde un helicóptero de la Armada.

El país siempre ha estado abierto a este tipo de ocurrencias católicas. Quizá la más significativa, por su peso simbólico y político, fue la consagración del país al Sagrado Corazón de Jesús en 1902, tras la Guerra de los Mil Días. En el Decreto 820 de ese año, el Gobierno se comprometía al Voto Nacional para levantar la Basílica que hoy agoniza en Bogotá. Hubo que esperar a la sentencia C-350 de 1994 del Constitucional para que las leyes de 1927 y 1952 que confirmaban la obligación de renovar cada año esa consagración se declararan inconstitucionales. Pero la Iglesia es terca y Pedro Rubiano, unos años antes de conocer al señor Miller, en 2004, impulsó una nueva consagración al Sagrado Corazón. ¿Las razones? Pues que “Colombia atraviesa una de las épocas más violentas de su historia, ataques contra la vida, la familia, la justicia social, creando un ambiente de corrupción en donde no se respeta la dignidad humana”. Según el cardenal, “esto [ocurre] como consecuencia de habernos olvidado de Dios (…) Hacemos un urgente llamado al pueblo católico para que demuestre con fe, que unidos al Sagrado Corazón de Jesús se podrá salvar a Colombia”.

Y Colombia sigue sin salvarse. Tampoco ha servido para salvar al país del demonio, de los comunistas, de la guerra o de la pobreza, la desmedida fe en el Divino Niño, impulsada por el sacerdote italiano Juan del Rizzo, que llegó al país en 1935 dispuesto a salvar almas y que también tenía la costumbre de escuchar voces, como Miller. Así que después de encargar una figura de 50 centímetros del Divino Niño e ir contando en las homilías los supuestos milagros de la porcelana, logró levantar un Santuario que fue consagrado en magna ceremonia por monseñor Juan Manuel Arbeláez el 27 de julio de 1942.

Quizá no se haya obrado el milagro ‘integral’ porque el padre Félix Restrepo nunca logró materializar su utopía: Cristalandia. Una “íntima colaboración entre la Iglesia y el Estado” que hubiera supuesto la conversión del país a las ideas políticas de su gran amigo el ultra conservador Laureano Gómez. Restrepo, director del Instituto Caro y Cuervo y personaje clave en la Universidad Javeriana, entre decenas de títulos más, tuvo un largo recorrido en su desarrollo político que lo llevaron de ser consejero del dictador español Primo de Rivera (1926) a proponer ante el Senado de la República su idea de Cristilandia en 1951.

Detrás de cada una de estas ideas lo que siempre ha existido es una estrecha relación entre algunos jerarcas de la iglesia católica y el poder político y militar. Una relación que ahora está en disputa con el fuerte poder que ejercen los pastores cristianos, demostrado en la consulta sobre el acuerdo de paz con las FARC o en el inicio de campañas electorales en sus templos o en la necesidad de los políticos conservadores de contar con su ‘bendición’.

Si Uribe y sus generales se consagraron a la Virgen María, Iván Duque, cuando aún era candidato a presidente, en mayo de 2018, acudió a una reunión con pastores cristianos y en una oración, el actual mandatario, con la cabeza agachada, repitió lo que un pastor le indicaba: “Yo, señor Jesús, vengo a ti como futuro presidente de Colombia (…) Te pido que perdones todos mis pecados, toma el primer lugar en mi vida, mi familia y en esta Colombia”. Por si fuera poco, añadió: “que tu palabra, la biblia, sea mi libro de cabecera, porque, como abogado, entiendo que todas las leyes que rigen a Colombia provienen de esa tu palabra”. De forma paralela, los “Jóvenes con Duque” en visita a la Iglesia Cristina de Barranquilla, difundían en un video por qué no había que votar al candidato izquierdista Gustavo Petro: “Petro es un demonio que va a acabar con Colombia”. Y añadían que Colombia Humana, la coalición encabezada por Petro, parte de un error: “Pone al hombre en el centro en lugar de a Dios”.

El mensaje es unívoco: los seres humanos nada tienen que ver con lo que ocurre en Colombia. Es Dios el que determina el presente y el futuro y sólo es él el que nos puede salvar. El obispo Rubén Darío Jaramillo Montoya lo sabe y por eso va a comenzar a solucionar los problemas de Buenaventura con agua bendita.

Ya en 1927, una carta pastoral de la Iglesia católica, dejaba claro que la paz y la tranquilidad (relativa) de los 25 años anteriores se debía a la consagración al Sagrado Corazón de Jesús. “No es pues, aventurado, sino muy puesto en razón y muy conforme con el espíritu cristiano y con la fe que todos debemos tener en la Providencia, el atribuir los 25 años de paz que hemos disfrutado a una especial protección que el Todopoderoso ha dispensado a nuestra nación. Dios se ha dignado recompensar los públicos y oficiales homenajes que se la han tributado otorgándonos cinco lustros de paz y encaminando nuestra patria por senderos de extraordinaria prosperidad temporal”.

Ahora, de forma periódica, la Iglesia renueva la consagración a la Virgen y al Sagrado Corazón (en la foto la realizada en noviembre de 2017). Nada tiene efecto. Lo ocurrido en los años de La Violencia y lo que ocurre desde entonces debe ser obra de satán.