Punto cero y Cristo Rey

Los conquistadores impusieron un inicio de la historia desconociendo lo existente antes del 12 de octubre de 1492. Ahora, el regreso de Cristo Rey se traduce en un nuevo intento de establecer un 'punto cero' y la guerra santa se ha convertido en batalla cultural.
Jesús Alfonso Flórez López

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Nuestra memoria no se puede cansar de volver una y otra vez sobre el punto cero de nuestra historia colonial. Cada 12 de octubre resuena el eco del inicio de la invasión inacabada de quienes otrora vieron solo oro, especias, mujeres y mano de obra para esclavizar y domesticar.

Pero, ¿cómo darle legitimidad a este actuar cargado de codicia y avaricia?, ¿cómo justificar que la invasión y el sometimiento les era permitido?, ¿cómo hacer creer a los pueblos originarios que estos males eran no tales sino necesarios para su propio bien?

Aquí vino en ayuda su gran verdad, la autoridad infalible que declaraba lo correcto, justo y santo representado en el pensamiento de la cristiandad, frente a lo desconocido que fue calificado de todo lo contrario. Cristiandad acostumbrada a obligar a la conversión de judíos, a expulsar musulmanes, a perseguir el pensamiento disonante calificado de brujería y herejía.

Desde aquel tiempo quisieron fijar el punto cero de la historia,  a sabiendas de una preexistencia catalogada de diabólica para transformarla en el territorio para Cristo Rey del universo, quien dejó a su representante el Papa, como rezaba el inaceptable Requerimiento.

Con ello no se conquistaba para la corona hispano lusitana, sino para Cristo, el verdadero Rey. Fue una batalla contra las fuerzas del demonio para implantar el autodenominado reinado del bien.

Hoy, cuando hacemos esta memoria, acudimos a un momento en el que emerge una vez más la idea del punto cero, un nuevo comienzo de la historia de Colombia, pero que quiere consumar la inveterada visión de ser despensa natural para las fuerzas coloniales que ahora además de oro buscan fuentes energéticas, «tierras raras» y demás.

Punto cero también de la implantación del pensamiento homogeneizante respecto a la familia, a la mujer y al replanteamiento de los Derechos por una idea de “gobernar según la voluntad divina”. De ahí que, se acude de nuevo a la estrategia de “guerra santa”, ahora mediante una “batalla cultural” que parte de la premisa de que el país había sido desviado de lo correcto. Así, se emula y reedita el pensamiento colonial del punto cero de la instauración de una “verdadera” civilización erigida por el llamamiento a Cristo Rey.

En pleno siglo XXI esta memoria evoca a los jaibana, curacas, taitas, babalaos y demás figuras espirituales de hombres y mujeres de los pueblos indígenas y afroamericanos que simbolizan la continua resistencia cultural ante las pretendidas homogeneizaciones del colonialismo. Con ellos y ellas hoy es necesario reafirmar el pluralismo como posibilidad de seguir construyendo una convivencia pacífica basada en la equidad que retoma la historia milenaria de este continente cuyo punto cero no está en la civilización cristiana-occidental, sino en la ley de origen de sus primigenios moradores.

Pluralismo que nos permite repensar al ser humano desde la diversidad, la libertad de pensamiento, la libertad de creencias para una interacción de alteridades.

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