Por Mario Bernardo Figueroa*
Buena parte de la obra de la maestra Beatriz González es un acto de duelo, desde Los suicidas del Sisga (1965), cuadro inspirado en la foto que se hizo tomar una pareja de enamorados (Antonio María Martínez de 25 años y Tulia Vargas de 20, jardinero y empleada del servicio doméstico), antes de suicidarse desde el puente del Sisga, hasta su exposición, Bruma (2022), toda su producción está íntimamente relacionada con su profunda convicción de que “Colombia no va a tener paz si no hay duelo” (entrevista DW 2018). En buena medida su obra se tensa entre su capacidad para levantar el velo del poder —político, religioso, militar… burgués— para dejar al desnudo su grotesco cinismo; y cubrir con el velo de la vergüenza, la memoria y la dignidad, lo impúdico de los cadáveres sin sepultar y las víctimas desoladas producto del despojo y la explotación. Estaba convencida de que no tendríamos paz mientras siguiéramos sumidos en esta horrible violencia, en la baraúnda del dominio de unos pocos sobre todos los demás, sin asumir responsablemente lo que implica hacer el duelo.
¡Cuánta razón tenía, maestra! Se dice fácil, pero hacer el duelo implica un acto. No es cuestión de tiempo que “todo lo sana”. Obviamente el duelo tiene sus tiempos, librados, como todo en él, a la singularidad de cada caso; pero como lo demostró Jean Allouch en su texto, Erótica del duelo en los tiempos de la muerte seca (1996), el duelo no es indefinido ni infinito, tiene un final; le ponemos fin con un acto que nos implica de manera inconsciente y radical. Y este acto entraña el “sacrificio de un trozo de sí”. Entre nuestros muertos y nosotros existe un objeto en disputa, que no es enteramente de ellos ni absolutamente nuestro, es un trozo dentrambos: ni tuyo ni mío, de entre los dos, y el acto final del duelo es poder soltar, sacrificar de manera graciosa ese curioso objeto cargado de libido, que a la luz de la mirada de los demás puede ser completamente insignificante, pero que para el difunto y para nosotros, sin que seamos conscientes de ello, está dotado de un brillo y de un significado particular e íntimo. Por eso el fin del duelo se da cuando agregamos pérdida a la pérdida, cuando además del difunto, que ya hemos perdido, logramos soltar, sacrificar sin interés alguno, en puro desprendimiento, ese objeto, trozo nuestro y trozo del finado. Con mucha frecuencia, gracias a un desplazamiento psíquico, los objetos del despojo y de la explotación en nuestro país, la tierra, en primera instancia, están en el lugar de ese objeto. Cuando se somete a un propietario al consabido “firma usted o firma la viuda”, se ve bien cómo el victimario ya pone a jugar al duelo en esta violencia. Esto nos permite palpar la dimensión de la exhortación de la maestra Beatriz al exigir que el país haga el duelo… ¿Acaso soltarán las tierras?
Si Beatriz González pone lápidas en las tumbas del columbario en ruinas del Cementerio Central de Bogotá, con serigrafías de siluetas de campesinos que cargan cadáveres, realizados a partir de fotografías de prensa de algunas de las tantas masacres de nuestro país, su acto de creación —como todo auténtico acto, visto desde la perspectiva del psicoanálisis— es también de muerte. Crea un objeto entre ella y las víctimas, muchas veces anónimas, de esas masacres.

De igual manera, entre ella y los difuntos sin lápida, y por ende sin nombre, anónimos, del Cementerio Central. Como Réquiem NN, obra de Juan Manuel Echavarría, que constituye un objeto entre él y los difuntos rescatados del río Magdalena por habitantes de Puerto Berrío, quienes los sacan del río, los bautizan, los adoptan y los entierran, les rezan el novenario y les pagan misas. Establecen relaciones de reciprocidad con estos difuntos, pidiéndoles favores y protección como retribución por haberles dado sepultura, por la dignificación a la que han elevado ese despojo, último producto de la violencia que, querámoslo o no, en mayor o menor grado nos concierne a todos y a todas. En cierto sentido, estas obras, entre las que es necesario incluir El Testigo, de Jesús Abad Colorado, nos incluyen como dolientes frente a las víctimas, y se ubican como un objeto particular entre ellas y nosotros.
Al tiempo, cada una de estas obras constituye un objeto del que la artista se desprende, un objeto especial que sacrifica para poder seguir, y para restituir con él algo de la dignidad, de la memoria, del nombre y de la inscripción de esos difuntos, de sus dolientes más próximos, de sus comunidades de origen y, finalmente, de la sociedad entera, incluidos los victimarios.
La obra de la maestra Beatriz González es lapidaria: sella bóvedas que habían sido profanadas, olvidadas, explotadas. Representa muchos otros cementerios del país, como el de Cúcuta o el de Las Mercedes, en Dabeiba, donde se han encontrado cientos de cadáveres de “falsos positivos” y de víctimas de desaparición forzada; y tantas tumbas profanadas, donde el propósito fue el de no dejar descansar en paz a los difuntos ni a sus deudos. Al poner las lápidas, la artista devuelve el carácter trascendente a estos lugares, los rescata del papel de basurero al que habían sido reducidos, pero sobre todo, introduce una protección, un corte que impide que los victimarios o cualquier avivato de turno quiera venir a usufructuar el cadáver, a gozar de él.

Llegamos así a otra de las funciones más importantes del duelo y de los ritos funerarios, marca de origen del nacimiento de lo humano, única especie para la cual la muerte cuenta: la función de impedir que gocemos del cadáver del difunto. Nunca antes estuvo aquel que nos pone de duelo en una situación de tan absoluta pasividad y dependencia de nosotros como ahora que yace inerte ante nuestros ojos. Entonces inconscientemente estamos tentados —y muy angustiados por esta tentación— a satisfacer con él todos nuestros deseos postergados, a someterlo a nuestro amor y a nuestro odio, a cobrar venganzas o a saldar cuentas pendientes, a gozar de manera irrestricta del cadáver… a comer del muerto. Es una de las razones por las cuales muchas veces los difuntos nos resultan más peligrosos que los vivos: de estos es más fácil defendernos. Es porque esas pulsiones inconscientes que amenazan con darse su festín con el difunto y que sentimos tan ajenas y repudiables ¡son nuestras! de ellas no podemos huir, a donde nos escondamos ellas vendrán con nosotros; de ahí que las proyectemos en el muerto y les atribuyamos a ellos poderes malignos y el don de la ubicuidad… la angustia por esa tentación hacia el difunto y la culpa por vivirla suelen ser afectos de algunos de los momentos del duelo.
Aclaremos de paso que el duelo no solo se vive con nuestros seres queridos, también con nuestros enemigos o con personas odiadas. Por eso el trato respetuoso y digno a los cadáveres del enemigo es una exigencia desde la prehistoria. Una vez vencido, no pocas veces se pasaba a honrar al enemigo caído. También fue un deber impuesto por las convenciones de la guerra, ampliamente violada en los horrores cometidos durante el periodo de La Violencia, en Colombia cuando se gozó hasta más no poder de los cadáveres de los enemigos, de los de “sus mujeres” y hasta de sus bebés, Matar, rematar y contramatar, como tituló María Victoria Uribe su libro.
Pero esta pasión por gozar del cadáver no paró en los años sesenta. Los paramilitares utilizaron infinidad de maneras de dar muerte a sus víctimas, desde hornos crematorios, pasando por la motosierra hasta las “casas de pique”. Sin embargo aquella de los “falsos positivos”, en las fuerzas armadas, tomó proporciones desbocadas, a tono con el capitalismo que vivimos; no solo por la cantidad y por su extensión y su sistematicidad dentro de estas instituciones (como se ha venido esclareciendo cada vez más en los testimonios de más de 3.000 militares que se acogieron a la JEP), sino porque acá no se necesitó que el asesinado fuera un enemigo, un contradictor, un disidente… el único objetivo era producir cadáveres para incrementar la cuenta, para hacer gozar al Otro, portador de esa voz omnipresente en todas las brigadas, en los medios de comunicación del ejército, en sus emisoras, que repetían el mismo imperativo: litros de sangre “a como dé lugar”. Acumular objetos plus de goce, el objeto de esta terrible contabilidad, sin importar si se trataba de cadáveres de civiles indefensos, solo el real del cuerpo cuenta en esta economía; para eso borraban todas las marcas de estos sujetos y les ponían el disfraz de combatientes. Es obvio, para que sus dolientes puedan hacer ese duelo seguramente la primera condición sea la de sacarlos de ese lugar de objeto de la explotación del Otro, recuperar algo del sujeto.
Abelardo de la Espriella se ubica en la misma línea, en sus pocos días de gobierno ya hay sospechas de uno o dos casos de civiles presentados como bajas en combate. Pero al mismo tiempo, su performance ante las cámaras, pavoneándose al caminar entre cadáveres envueltos en sábanas atadas en los extremos, no tiene otro fin que el de usufructuar, gozar de estos muertos para beneficio de su propio narcisismo. Darse un poco de la estatura que le falta, al tiempo que hace gozar también a sus seguidores, que participan de su necrofilia, que aplaude esta macabra forma de la necropolítica. Se entiende así por qué quiere acabar con la JEP por un lado, y con el arte y la cultura, por el otro; con todo lo que pueda devolverle algo de la dignidad perdida a esta sociedad, con todo lo que se oponga a explotar “a lo que dé”, a reducirnos a todos a su objeto plus de goce, a no soltarlo a no hacer el duelo, a renegar la muerte dedicados a producirla.
*Psicoanalista, presidente de ANALÍTICA, Asociación de Psicoanálisis de Bogotá, Profesor pensionado de la Escuela de Estudios en Psicoanálisis y Cultura de la Universidad Nacional de Colombia. Dirigió la Revista Desde el Jardín de Freud y la maestría en Psicoanálisis, Subjetividad y Cultura.


