Por Apeirón
Desde que se anunció la llegada de la posmodernidad, por allá a finales de los años 60 y comienzos de los 70 del siglo XX después del desencanto que produjo el Mayo del 68 francés, y algunas corrientes teóricas la adoptaron como parte de su paquete de marcos referenciales o, incluso, de que a raíz de esta nacieran nuevas corrientes de pensamiento, la razón crítica y los legados de las revoluciones burguesas fueron las “cabezas de turco” que se alzaban ensartadas en las lanzas del nuevo orden y se exhibían temerarias cual trofeo del “fracaso del mundo moderno”. Según afirmaba el posmodernismo filosófico, la razón había sido responsable de dos guerras mundiales, las hambrunas de África, la separación entre pueblos y naciones y toda suerte de atrocidades humanas. Las revoluciones burguesas, por su parte y en esa misma línea argumentativa, no habían cumplido las promesas de libertad, igualdad y fraternidad, además de que su democracia y sus Estados se habían convertido en armatostes ya vetustos que debían ser reducidos a su mínima expresión. Razón Crítica y Revolución eran, por tanto, unas fracasadas merecedoras de un sepelio de cuarta categoría y merecedoras de ser lanzadas a la fosa común donde también reposaban los restos mortales del legado Egeo, en especial la ciencia y la lógica dialéctica.
Con esta perspectiva, de carambola quedaban impunes el capital, el imperialismo, el extractivismo y el colonialismo. Era falsa, de este modo, la contradicción capital-trabajo y se quedaba sin piso su principal correlato: naturaleza y trabajo como fuentes de riqueza. Había que dar saltos hacia una sociedad que superara la modernidad sin que se aboliera su estadio superior: el capitalismo. A esta mirada tan benévola con las élites capitalistas se plegaron, consciente o inconscientemente, ideologías de derecha y de izquierdas/liberales progresistas (reformistas, identitarias, decoloniales…).
Asistir al entierro de la razón crítica era la cuota inicial del retorno al imperio de la irracionalidad del poder político. Por la misma grieta que se abrió al declarar la abolición de la razón, se fueron introduciendo idearios neofascistas y/u oscurantistas pero incorporando, cada vez con mayor celeridad, los avances tecnológicos de cada época hasta llegar al presente con la revolución digital y la inteligencia artificial. Lo que ha cobrado nombre como tecnofascismo no es otra cosa que el reverdecer de las atrocidades del fascismo del siglo XX, con las incrustaciones de las fuerzas productivas de punta.
Ahora bien, el cajón mortuorio donde se suponía que iban los despojos de la razón crítica, posado en los hombros de las “vigorosas tendencias” posmodernas, no llevaba más que una intención de que esta, la razón, se extinguiera; cargaban la ilusión del cadáver de la razón, la idea de una razón muerta cuando ella seguía y sigue viva en el cerebro y las manos de seres que se han resistido al asedio del cual ha sido objeto. La razón crítica no ha muerto, aunque sí ha sido víctima de atentados mortales, calumnias, injurias, persecución. Han querido decretar su muerte a través del lenguaje, maromas intelectualoides y despotismos autoritarios, pero la realidad sólida les ha desvanecido sus sueños líquidos. La razón ha sido puesta en jaque, sin duda, pero sigue altiva, interrogando, auscultando, fastidiando al poder desde la resistencia, fraguando revoluciones.
Quedémonos, por el momento, con el asedio a la razón crítica para llegar a través de ella al necesario elogio de la deslegitimación. Un ejemplo reciente de atentado a la razón es el hecho de que Abelardo de La Espriella haya sido nombrado presidente de Colombia. En una entrevista posterior a los comicios del 21 de junio, Carlos Suárez, estratega de la campaña presidencial de Abelardo, afirmó que “las campañas no se ganan con la razón, las campañas no se ganan con propuestas… las sociedades escogen líderes, no escogen propuestas ni racionalidades”. En efecto, la estructura comunicativa de esa campaña se basó en mensajes superficiales, sin profundidad, trivialidades que no implicaran, siquiera, razonamiento lógico, menos pensamiento abstracto. Tal como lo admite Suárez, se trataba de videos de duración fugaz con poses payasescas e idioteces pensados para una masa de millones cuyos gustos y capacidades se enmarcaran en esas características. La sinceridad cínica es una de las improntas del neofascismo, una de esas tantas sectas que declara la muerte de la razón: de manera frontal nombran las cosas y, en este caso, a Suárez solo le faltó decir que construyeron una campaña para seducir, con idioteces, a un público ídem.

Además, y como ya es sabido, su campaña empleó cientos de miles, quizás millones, de bots, recibió apoyo enmarañado (por no decir ilícito) de Donald Trump y su gobierno neofascista, tuvo “la ayuda” económica y el entrenamiento de influencers de la fundación Faro, todo parece indicar que está en el entramado creador de noticias falsas y delincuenciales que encabezan [Fernando] Cerimedo y [Javier] Negre, prometió destripar a la izquierda, fumigar con glifosato a los campesinos, limitar la libertad de cátedra, casar a Dios con el Estado, sacar a Marx de la enseñanza y reemplazarlo por el Dios supremo, entre muchos otros. Sería ingenuo pensar que los votos reconocidos por la Registraduría a Abelardo son el resultado, exclusivamente, de la estrategia digital. Lo digital fue muy importante, pero sin las jugadas del mundo terrenal, otra sería la historia. Quieren instalar el relato de que “su triunfo” fue el resultado exclusivo de una sensacional campaña de marketing porque así se anularían las críticas acerca de la injerencia extranjera, el oscuro manejo del algoritmo, la danza de dólares en muchos pueblos para voltear votos, las alianzas con clanes y castas políticas regionales, etcétera. La razón crítica también sirve para no caer en el engaño de que se ganan elecciones solamente seduciendo las emociones de la ciudadanía a través de las redes sociales. Esto último amerita otro análisis que amplíe la reflexión acerca del quehacer para enfrentar el fascismo en la esfera de la virtualidad, la inteligencia artificial y el mundo digital, pero se advierte que el peor error que puede cometer una izquierda crítica con ambiciones de poder es sumergirse en el estercolero de los bots y las bodegas, abandonando a los seres humanos reales y vivientes que enfrentan y padecen las contradicciones del capital. Se debe enfrentar el factor digital, sin duda, pero sin abandonar a los sujetos y organizaciones capaces de revertir la historia.
Ya desde el primer mes de ejercicio de poder estatal de Abelardo, las prácticas fascistas se han hecho carne a través de su cristiano espíritu: en el show donde le otorgaron licencia legal para ser jefe de gobierno y muchas de sus apariciones cantinflescas en redes sociales, viene evocando al Cristo Rey de las masacres chulavitas; un día después del terremoto, posaba sonriente y lanzaba besos a un público de funcionarios que lo saludaban desde las gradas; en medio de la catástrofe bombardeó pueblos campesinos en Norte de Santander; expidió el decreto para acabar con las APPAS (Áreas de Protección para la Producción de Alimentos); sacó a comentarios la resolución para terminar los distritos mineros; expidió el decreto para acabar con los procesos de diálogo sociojurídico que buscaban la paz; quitó las restricciones para el porte de armas dando licencia para que la ciudadanía se mate entre sí; firmó acuerdo para que Colombia sea incluida en el denominado “escudo de las Américas”; le firmó al imperialismo yankee un cheque en blanco para que se apropie de los principales minerales del subsuelo colombiano; reconoció la soberanía de Israel sobre Altos del Golán; “coincidencialmente”, desde la llegada de Abelardo al poder, han empezado a cerrar programas de diferentes medios que estaban siendo dirigidos por periodistas críticos de este régimen y han amenazado de muerte, llevándoles al exilio, a creadores de contenido; expreso su deseo de retirar al Estado colombiano de la Corte Penal Internacional; está mandando directrices para que en su gobierno no se usen las palabras “niña”, “campesino” y “reforma agraria” por ser “ideología de género”, “despectivo que alude a pobreza” y “jerigonza progrepetrista”; ya empezó a desmontar los logros salariales y de disminución de la jornada laboral para las clases trabajadoras que se habían alcanzado con el presidente Petro; se pavonea entre cadáveres como lo hacían los pueblos bárbaros después de los combates o, más cercano a nuestra era y geografía, Fujimori en Perú; varios de sus áulicos reconocidos en redes sociales ya están hablando de la reelección de “este gran presidente” sin que se completara un mes de su gobierno.
Todo esto al margen de sus poses y acciones ridículas, de fantoche y saltimbanqui: lanzar balones desde su carro blindado a un pueblo negro devastado por el terremoto; citar al ‘filósofo’ Diomedes Díaz para hablar de la muerte; teatralizar un recibimiento apoteósico en un municipio con aplausos digitales; desaparecer en medio de un apagón de luz el día que lo invistieron como jefe de Gobierno; despilfarrar más de 1.117 millones en 18 días volando en helicóptero, en algunos casos, con recorridos de 10 minutos de un punto a otro de una misma ciudad. Estas acciones visajosas y tragicómicas solo son comparables con lo que hacía otro de sus socios políticos, del combo autodenominado “los nunca”, el “gordo marica que viajaba por el mundo” –así se refería a él María Fernanda Cabal–, Iván Duque, cuando decía “así lo querí” o al que un exfutbolista en España lo corregía diciéndole que la cabeza no era propiamente para hacer malabares con un balón sino para pensar. Se dirá, con algo de razón, que estas manías son “formas”, “estilos”; en realidad son las formas y estilos que van ligadas a los fondos neofascistas ya descritos.
En las sendas de la sociología comprensiva weberiana, una de las expresiones de la legitimidad, grosso modo, está basada en un sistema de relaciones sociales, ubicadas predominantemente en el plano de la subjetividad o las creencias, donde el sujeto individual o colectivo acepta el orden que ha establecido un régimen determinado, más allá del monopolio de las armas y el ejercicio legal del poder que funciona como dispositivo de coacción, regulación y disciplinamiento. A priori, Abelardo sería legítimo para unos 13 millones de votantes en Colombia (asumiendo que esa sea su votación real, sin fraude). ¿Y para los cerca de 13 millones que votaron por Cepeda también sería legítimo? ¿Y para los 15 millones que ni siquiera votaron también sería legítimo? La legitimidad se puede imponer por la espada de la ley o la artillería del fusil, esto es, generar una aceptación por sumisión, por obediencia a partir del temor. La legitimidad no la determina ganar unas elecciones; esto solo define la legalidad del poder político. No obstante, si la legitimidad se asienta, principalmente, en la aceptación subjetiva, queda la opción de que esa misma subjetividad torne la aceptación en su negación, esto es, que el sujeto no reconozca como “su mandatario” a ese individuo a quien una entidad de la institucionalidad le puso una franja presidencial, por más que una mayoría relativa, en las tensiones de lo que se conoce como democracia, lo haya votado.
Pero, ¿cómo puede ocurrir esto? Retórnese a la razón y al pensamiento crítico, esos baluartes a los cuales han querido, fallidamente, cantarle el réquiem. El pensamiento crítico riguroso y la razón crítica, contrario a lo que profesan algunas voces y corrientes posmodernas, están en las antípodas del fascismo. Las artimañas con las cuales ganaron las elecciones y las políticas que están poniendo en práctica Abelardo y su gobierno son, estructuralmente, de corte fascistas. No sentirse reconocido en esas prácticas hace parte de la libertad de pensamiento y expresión pero, además, constituyen el núcleo sociológico de la ilegitimidad. En sociología política crítica es ilegítimo lo que, en la subjetividad, no se reconoce por su marco ideológico y sus prácticas sociales. La ilegitimación, tal como se viene planteando, es un mecanismo racional y crítico de resistencia frente a un poder político instaurado como negación del género humano.
En la actual coyuntura colombiana, un sujeto como Abelardo y un corpus como su gobierno no se reconocen, a través del pensamiento crítico y la razón, por su talante fascista. No reconocer al “individuo soberano” y reivindicar la ilegitimidad como derecho es una conquista de las revoluciones sociales modernas que sirvieron para derrotar la tiranía oscurantista y contener las ínfulas monárquicas. No se puede renunciar a ello y, menos, permitir que cualquier régimen lo prohíba. Abelardo no representa a quienes piensan de forma crítica y que hacen uso de la razón y la crítica para enfrentar el mundo. Es, con todas las letras, un ilegítimo y lo será desde el primero hasta el último día en que esté al frente del gobierno por todo lo aquí detallado. Se reitera: por sus prácticas y discurso neofascista, es y será un ilegítimo pero, para ello, razón y crítica tendrán que hacer parte de la cotidianidad del pensamiento, de lo contrario, no solo su neofascismo o tecnofascismo habrán ganado el pulso en la matriz comunicativa, sino que habrán vencido en lo que realmente importa: la vida.


