Ombligo bajo el árbol, las parteras del Pacífico

Las parteras del Pacífico ya son lo que ya eran: patrimonio cultural inmaterial de Colombia. Ahora ya es oficial. Os compartimos la historia de Eugenia, una partera afro de Salahonda (Nariño).

Este viernes, el Ministerio de Cultura declaró Patrimonio Cultural Inmaterial a la Partería del Pacífico. El reconocimiento oficial debe acarrear un Plan Especial de Salvaguardia (PES) de los Saberes Asociados a la Partería Afro del Pacífico, que surgirá de la alianza entre los ministerios de Cultura y de Salud.

El conocimiento ancestral de las parteras del Pacífico, pieza clave en sus comunidades, no está aislado de la vida ni de la resistencia que las comunidades afro de estas regiones han tenido que ejercer ante las amenazas que el conflicto armado y los megaproyectos económicos han traído a estas tierras.

Compartimos una maravillosa historia de Felipe Chica Jiménez, de nuestro medio aliado Tras la Cola de la Rata.

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Hace unos años, la más deseada de Salahonda era una negra delgada de diecinueve años que tenía los ojos color miel, uno setenta de estatura y un caminado azaroso. Los hombres no sabían si mirar su increíble trasero o su cara hermosa; hasta que el dueño del único bar la embarazó. A los nueve meses en el hospital de Tumaco le practicaron una cesárea como de mala gana, que la dejó enferma y llena de cicatrices, sepultando así sus días de pasarela. Eugenia se reprocha no haber atendido el parto de esa muchacha, que a decir de la gente “se merecía lo mejor por ser la consentida del patroncito del pueblo”. Era la única a quien habría atendido luego de su obligatorio retiro por la edad.

Entramos a su casa medio oscura, como su memoria. Además de ser una de las cinco parteras de Salahonda, Eugenia ha librado una lucha contra la deforestación en su territorio, pese a que su esposo ha vivido en algún momento de ella. Abre la ventana y entra un chorro de luz que se estrella con el catre artesanal en el que sus pacientes daban a luz. Sus recuerdos se iluminan. Hace once años, sobre esa silla, ella estaba masajeando el vientre de una jovencita que gritaba de dolor mientras intentaba parir, sus manos están agarradas a los brazos de madera como si se fueran a reventar, los labios los tiene hacia adentro y los ojos se le quieren salir. Ningún acto humano es tan brutal. Eugenia tenía todo preparado, un recipiente grande donde caerá la placenta, vapores de agua con hierbas que vierte en pequeñas cantidades de la cabeza al vientre para mitigar los dolores, trapos limpios colgados sobre un alambre como esperando su turno para entrar en escena.

Es una casa de un solo bombillo que ilumina todo a medias, creando sombras angulares. Su esposo coordinó la minga de trabajo colectivo para hacerla con madera que el mismo trajo desde el monte -unos clavando puntillas… otros tajando la madera-

Después de muchas horas, las manos de Eugenia tomaron cuidadosamente el cráneo del niño y lo jalaron cuidadosamente hacia el mundo el exterior; –no lloró–, cuenta Eugenia. Ese fue su último parto asistido. Lo llamaron Adam. Sin tilde. Algo atípico porque el  repertorio de nombres en este lugar se ha hecho bastante monótono desde hace años: ‘Steven’, ‘Marta’, ‘Ximena’,  y otro más que se repiten hasta tres veces por familia, de modo que toca especificar: Marta pequeña, Steven gordo, etcétera. Salahonda es un asentamiento de palafitos, casas que se elevan con columnas de madera para adaptarse a las inundaciones. Bajo el sitio donde estamos se escucha el chasquido del agua que se estrella con las bases, es el vaivén generado por las lanchas que pasan transportando madera. Aparte de los cultivos ilícitos, la extracción de madera es la actividad que más empleo genera en la zona.

Eugenia...

Eugenia, dormita en su casa de palafito.

Cuando su esposo me entregó un vaso de limonada, pude ver las manos propias de un viejo aserrador; casi se podría afilar un cuchillo en ellas, pensé. Ella enciende un cigarrillo  ‘piel roja’ con la candela hacia adentro y suspira –”gracias a dios…todos los partos me han salido bien”– dice con ese acentico casi musical del Pacífico sur.

–”Si la mujer que recién cría no se cuida del sereno y de cruzar las piernas… puede enloquecer”–

Por todo Salahonda, Satinaga y El Novillo la gente la buscaba por su conocida buena mano.  Además, era de las pocas que curaba ombligo con pelos de animal. Según la creencia la criatura desarrolla durante su vida las cualidades del ser con el que se ligaba la herida. Una especie de tótem. Una versión dice que fue un práctica aprendida de los Embera del Chocó y, según la otra, los pueblos fanti-ashanti, del golfo de Benín, conocidos como la Hermandad de la araña, lo trajeron a este continente con un mensaje de insumisión que hoy es leyenda en palenques a la cabeza de algunas matronas originarias. Lo cierto es que pasa. Lo más común es usar polvo de araña para generar astucia. Se cree que el desarrollo del arbolito está estrechamente relacionado con la vida del niño, si sus hojas se secan o sus ramas son frondosas, así mismo será su paso por la existencia.

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–”Algunos partos pueden durar hasta doce horas”– Es tradición, además, que la madre siembre la placenta y el cordón umbilical junto con un árbol. Eugenia, que es entrometida, asesora también este momento, juntas buscan un buen lugar y plantan. Da fe de muchos que ahí van creciendo. Eugenia ama el bosque como si creyera que todos esos árboles esconden bajo sus raíces un ombligo antepasado.

Cuando los partos se hacen complicados hay que enviar a la paciente para Tumaco donde un cirujano. Normalmente son casos de jóvenes descuidadas en su gestación, por eso desde antes las parteras debían acomodar el bebé en posición de salida y les realizaba masajes en la entrepierna, espalda, vientre y cuello, les preparaban  infusiones y quedaban atentas. Si alguna persona de ciudad quisiera aprender de partería debería venir al Pacífico.

Las casas están frente a un canal artificial de agua salada sobre el que flota una fila de más unos dos mil troncos de madera. Como si un bosque con el tamaño de la Plaza Bolívar de Bogotá bajara todos los días por el río. Es una imagen que a Eugenia le duele y que enfrenta desde niña, cuando Eduardo Naranjo, un empresario  antioqueño, llegó con maquinaria y socavó partes del delta del Río Patía con el propósito unir brazos de agua y así agilizar la conducción de la madera talada. El resultado final, un desastre poco conocido en el país. Con la intervención el delta se ensanchó, el mar empujó selva adentro las aguas de pequeños afluentes, los pequeños brazos de la desembocadura se secaron. Las tierras de Salahonda y Bocas de Satinga se comenzaron a erosionar y con ella una próspera economía comunitaria basada en el arroz. El  canal de agua dulce aledaño al caserío de Salahonda se llenó de agua salada y los esteros comenzaron a morir. Periodistas y académicos se precipitaron a calcular el daño en plata: “Diez mil millones cuesta la solución”. La matrona le tiene nombre a cuanto pajarito ve. El empresario a espaldas del Inderena, el entonces instituto encargado de los recursos naturales, terminó su canal y las acciones de tutela florecieron. El caso llegó hasta la Corte Constitucional, pero con el paso del tiempo los impactos del “Canal Naranjo” se perdieron en la burocracia, las comisiones técnicas y hasta la fecha bajan por la corriente “chorizos” de troncos amarrados en forma de espina de pescado hasta los aserríos.

Aserradores-de-salahonda

Aserradores de Salahonda

Todo eso fue lo que la motivó a participar en la Asociación de Defensa del Río Patía, una las organizaciones protagónicas en la creación de la ley 70 de comunidades negras. Eugenia se retiró la noche que nació Adam, el número 113. A fin de cuentas, nadie la busca ya. Mientras cientos de parejas privilegiadas del mundo occidental desean tener su hijo con una Eugenia, en estos pueblos nacer a la antigua es signo de pobreza. Cuando le pregunté a ella por partería,  sacó de una gaveta los papeles y comenzó a revisarlos antes de hablar, como si buscara pedazos de su vida atrapados entre letras. La centena larga de partos están apuntados con fecha, nombre y observación, evocando los tiempos en los que era más útil una matrona que una registraduría civil, sobre todo en estas zonas aisladas ¿Qué será del destino de esas vidas? Adam está a mi lado, es callado y se defiende poco de los otros niños.

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A estos caseríos todo llegó en canoa; –”hasta la gente mala”–, agrega desde la cocina el esposo de Eugenia. La partería es un oficio que se hereda. A ella le viene desde la época que los niños eran el valor agregado del esclavista. Como todos sus hijos salieron varones su legado llega hasta aquí.

En Salahonda ya nadie busca una matrona –”para eso está el  hospital de Tumaco”– replica la gente en las calles. –”Aquí nosotras ya no tenemos autoridad… podíamos regañar a los niños, sin importar de qué familia eran”–. Las secuelas del conflicto armado y el narcotráfico airean con desconfianza el lugar, como –”esa lucha fue grande… se logró conformar el consejo comunitario y defender el territorio y nos capacitamos, pero también hubo mucho dolor”–.

-¿Lo dice por el asesinato de Yolanda Cerón?

-Sí.

Todo el pueblo de Salahonda sabe quién era Yolanda Cerón. El 19 de septiembre de 2001 la religiosa que luchó por el territorio de las comunidades negras de Nariño iba llegando a la iglesia cuando un hombre le  gritó: –”¡Hermana Yolanda Cerón!”– y sin que ella terminara de girarse le soltó tres disparos. Su homicidio lo confesó diez años después el paramilitar Guillermo Pérez Alzate, alias ‘Pablo Sevillano’, autor intelectual. Sin embargo, nadie reconoció el de José Aristides y otros tantos nativos que murieron de igual manera.

Alrededor del canal se ven las ruinas de enormes aserradoras con sus plataformas inclinadas hacia el agua. El patrón de la madera hacía llegar cargamentos de cerveza para que sus aserradores embriagaran el calor. Eugenia no oculta la rabia que le ha generado todo esto. De ese tiempo quedaron las necesidades nuevas que esta gente nunca se imaginó que tendrían: la  inflación de los precios y un afán por mediarlo todo con plata.

Como las casas no tienen agua es necesario ir en canoa hasta una pequeña fuente al otro lado del canal. En Salahonda hay niños y niñas por todos lados. Es la generación de hospital. Según el tamaño de la familia, el agua alcanza para tres o cuatro días, con ella solo se cocina y se lava porque el baño es un hueco en  el piso  por el que todo cae hacia abajo y se queda ahí dos horas hasta que el mar sube para integrar todo a su cadena alimenticia, menos las botellas plásticas donde los cangrejos pequeños hacen sus nidos.

Los-aserradores-tradicionales-tienen-un-impacto-menor-debido-a-sus-métodos-artesanales-de-baja-escala.

Los aserradores tradicionales tienen un impacto menor debido a sus métodos artesanales de baja escala.

El antropólogo Arturo Escobar y el geógrafo Ulrich Oslender escribieron sobre esta zona textos que hoy se estudian en las universidades. En la época que Celso Furtado libraba una batalla por el desarrollo de Brasil, estos dos sembraban las semillas de sus alternativas en el Pacífico. Lo hicieron con pequeñas organizaciones y con matronas del norte del litoral. Según Oslender, el delta del río Patía tiene unos 3.000 kilómetros cuadrados, que cubren buena parte de las tierras bajas de Nariño de agua que viene impulsada desde el macizo colombiano, arrastran toneladas de materia orgánica que hacen de la bocana un festín biológico el cual riega por el océano gracias a dos autopistas subacuáticas, la corriente de Humboldt y la corriente de Panamá. También el mercurio de las minas  aguas arriba. Aunque parezca complejo, todo eso es claro para Eugenia, producto de una compenetración profunda con las lógicas de un territorio que ama.

Mucho tiempo antes, cuando la abundancia andaba suelta, su esposo pescó un mero gigante de 25 kilos de pura carne blanca que vendieron en  Tumaco. El mero es de esos peces que no mastica sino que traga entero y a velocidades increíbles para luego vomitar lo que no digiere dejando un olor fuerte que sube hasta la superficie; los pescadores experimentados lo saben identificar.

A la tarde salimos a caminar al monte. A pesar de la deforestación este sigue siendo uno de los ecosistemas más biodiversos del mundo. Eugenia señala un tronco de balso con el que se podría tallar un tambor cununo. Los esfuerzos por detectar satelitalmente las características de la región los han frustrado tapetes de nubes que dosifican aguaceros de 10.000 milímetros de lluvia en promedio, lluvia al desayuno, el almuerzo y la cena; alegría de fauna y amargura de guerrillero –la buena partera se conoce porque sabe de plantas– cuenta agarrando unos frutos de noni. De las especies que hay acá la ciencia tiene registradas no más del cincuenta por ciento.

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Ana, hermana de Eugenia, es otra de las parteras y activista clave de Salahonda.

Mientras tanto, las concesiones madereras entregadas a empresas canadienses arrasan unas 50.000 hectáreas de bosque cada año. La industria se ha tecnificado tanto que incluso especies de alto valor en el mercado y difícil extracción se sacan haciendo uso de helicópteros. Hubo un tiempo en el que su esposo derivaba el sustento de la familia con encargos de maderas especiales. Ganaba entre 20.000 y 30.000 pesos por un mes de trabajo duro.

De vuelta al caserío nos recibe el ruido de dos columnas de bafles. Hace unos meses la madre de Adam rompió fuente de su cuarto hijo, no fue necesario llevarla hasta Tumaco; Salahonda ya tiene puesto de emergencias, mal dotado pero lo tiene; cada año llega un practicante de medicina que hace lo que puede. La matrona habla de las mujeres desesperadas que a veces le administraban golpes y la llamaban víbora, cegadas por el dolor del parto –gajes del oficio, mijo–. En Buenaventura un grupo de parteras han decidido organizarse, tampoco hace mucho en Bogotá otro grupo se reunió para formar la Red de Parteras del Distrito. Se caminan la ciudad de oficina en oficina, buscando un proyecto o algo que las vincule a las funciones de salud del Distrito, quieren asistir niñas afro que han sido desplazadas por la violencia.

El día que el Ministerio de Cultura [y eso ocurrió este viernes 7 de octubre de 2016] declare la práctica como un patrimonio nacional, estas mujeres, tal vez, sean tomadas en serio. Eugenia, mirando hacia lo que un día fue una desembocadura del Patía, se acuerda de aquella muchacha de ojos color miel y se vuelve a lamentar, convencida de que ella le hubiera alargado sus días de belleza.