¿Una paz imperfecta o una guerra prolongada?

Vaya pregunta: “¿Quiere una paz imperfecta o una guerra prolongada?”. Responda en las urnas con un Sí o con un NO. Gandhi símbolo de la revolución pacífica en la India, durante su trasegar reflexionó: “La violencia es el miedo a los ideales de los demás”; “Ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego”; “¿Qué es la verdad? Pregunta difícil, pero la he resuelto en lo que a mi concierne diciendo que es lo que te dice tu voz interior”; “Puesto que yo soy imperfecto y necesito la tolerancia y la bondad de los demás, también he de tolerar los defectos del mundo hasta que pueda encontrar el secreto que me permita ponerles remedio”; “No hay camino para la paz, la paz es el camino”.

Tomando como punto de partida esas cuatro citas intentaré reflexionar sobre el dilema que tiene polarizada a la sociedad colombiana no solo ahora de cara al plebiscito para refrendar el acuerdo de paz firmado entre el Gobierno y las FARC, sino desde que la violencia política y social se instauró en nuestra manera de resolver las diferencias.

“La violencia es el miedo a los ideales de los demás”

Es paradójico que ante muchos Colombia es vista como una sociedad guerrerista y violenta, a veces yo mismo, lleno de fatalismo y tristeza por lo que vi trabajando en zonas de conflicto, lo creí así, pero ahora viendo las cosas más depuradamente, creo que realmente la sociedad colombiana es una sociedad acorralada por el miedo. Una vez, en el río San Juan (Chocó) estuve en medio del fuego cruzado entre las FARC y el Ejército. Era de noche y de repente la tranquilidad de la selva se vio interrumpida por las ráfagas de fusiles. En aquella casa donde vivía gracias a la generosidad de mi amigo wounaan llamado cariñosamente El Tigre, habíamos recibido la visita de unas funcionarias de Bogotá que estaban haciendo un estudio estadístico sobre desnutrición y malnutrición en la niñez indígena si mal no recuerdo. Ellas estaban asustadas y yo les dije que no se preocuparan, que todos íbamos a estar bien, aunque yo también estaba temeroso. Les dije que se escondieran debajo de las camas y que yo iba a hablar con una de las religiosas de la madre Laura que vivía en una casa cerca de la nuestra para chequear si ella también estaba bien y conversar sobre qué acciones podíamos tomar para ayudar a proteger la comunidad.

Al salir de la casa le pedí a El Tigre que no las dejara solas. Salí de la casa y los disparos no cesaban, al salir de la casa un guerrillero me pidió que lo dejara esconderse en la casa de El Tigre. Le dije que yo no podía hacer eso, que yo era un civil, que todos éramos población civil y que si él había elegido ser guerrillero tenía que enfrentar su decisión cada día. Luego, él me pidió que le dejara entonces esconder su fusil en la casa para el poder escaparse entre la espesa selva. Mi respuesta fue otra vez no: no queremos involucrarnos con ningún actor armado. El guerrillero se fue selva adentro con su fusil al hombro, nunca más lo volví a ver.

A la mañana siguiente, nos reunimos todos los miembros de la comunidad para chequear que todos estuviéramos bien. A pesar del miedo que teníamos todos, decidimos hacer una comisión para ir en busca del Ejército y conversar con ellos sobre por qué habían disparado a pesar de que era obvio que en el medio estaba la población civil. El Ejército nos respondió diciendo que los disparos hacia sus botes habían sido disparados desde la orilla del río donde estaba asentada la comunidad y que ellos respondieron en defensa; que estaba oscuro y que ya habían perdido varios de sus hombres en combates selva adentro. También dijeron que nunca habían tenido la intención de lastimar a la comunidad, pero que en medio de la guerra, del caos y de la confusión tuvieron que defenderse.

De ese y otros episodios concluyo que, al fin y al cabo, en medio de un combate nadie responde por valentía, responde por temor de perder la vida. Los que no somos combatientes, en medio de una confrontación nos escondemos de las balas por temor de perder las vidas. El origen de la violencia en Colombia ha sido el resultado del temor a vivir respetando nuestras distintas percepciones políticas y visiones sobre el tipo de sociedad y sistema socio-económico que queremos para el país. Siempre vimos en el otro una amenaza a nuestras ideas y la única forma de enfrentar ese miedo ha sido mediante la eliminación física de ese otro. Así que para empezar a caminar la paz hay que dejar el miedo, hermano muchas veces del odio y la ira. La combinación de esos tres factores han causado una ceguera histórica que nos quiere anclar en el pasado, que no nos permite reconocer que el conflicto colombiano no se puede prolongar más, que no podemos seguir matándonos. Que ya es hora de comenzar a vivir sin miedo.

“Ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego”

Basta ya de entender la justicia desde la perspectiva de la Ley del Talión, basta ya de entender la justicia como venganza, ya es hora de empezar a pensar la justicia fundamentada en la verdad y en la reparación, no solo en el enfoque nada resocializador de la prisión.

Muchas de las guerras en la historia de la humanidad han terminado luego de entender esa premisa que reflexionaba Gandhi: “Ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego”. Si la única forma de acabar con un conflicto fuese el continuo asesinato del otro, el exterminio total del otro, el encarcelamiento perpetuo del otro, nunca se hubieran acabado los conflictos como el de Irlanda o el de Suráfrica, por citar solo dos ejemplos, porque la justicia de la Ley del Talión sólo deshumaniza. Esa justicia asfixia, cansa y solo acumula odios y sed de venganza.

Los actores políticos, económicos y militares que han contribuido a la prolongación del conflicto colombiano no pueden lavarse las manos o decir que están libres de culpa. Nuestra sociedad en su conjunto, que ha sido indiferente o se ha creído superior moralmente porque nunca ha disparado un fusil en esta guerra, tampoco puede decir que no es culpable de la prolongación de este conflicto.

“Si votar Sí es traicionar a los muertos, votar No es traicionar a los vivos y a los que están por nacer”

Todos, desde la pasividad, desde la falta de tomar acciones civiles constructoras de paz, también somos responsables y tenemos que darnos cuenta de que, si reconocemos esto, que nos tendremos que empezar a perdonar a nosotros mismos, perdonar al otro, escuchar la verdad de las atrocidades de la guerra que todavía no se han empezado a contar y que se empezarán a escuchar en el tribunal de justicia transicional, ese será solo el primer paso para empezar a construir un país con justicia social. Una democracia real sin más derramamiento de sangre de ningún bando y de ningún civil.

“¿Qué es la verdad?”

Yolanda Perdomo, viuda de Juan Carlos Narváez, uno de los 11 diputados del Valle asesinados por las FARC, dijo entre algunas de sus reflexiones: “Necesitamos conocer la verdad, por muy cruda que sea, para seguir avanzando en un proceso de perdón”. Yo creo que sin ese derecho garantizado, el derecho a conocer, a escuchar de boca de los victimarios qué pasó durante todos estos atroces años de confrontación bélica, no se puede empezar a sanar nuestra sociedad y no se puede empezar a construir justicia. Ahora cuando por fin se tienen sentados a algunos de los responsables dispuestos a dar la cara frente a un tribunal de justicia transicional, no puedo entender por qué decir “No”. No quiero seguir viendo videos que enfocan una sola versión de los hechos, o que siguen victimizando más a las víctimas por el uso ideológico que quienes los difunden hacen de ellos, quiero escuchar de primera fuente la verdad de lo sucedido.

Parafraseando a Gandhi: “¿Qué es la verdad? Pregunta difícil, pero la he resuelto en lo que a mi concierne diciendo que es lo que te dice tu voz interior”. Veo hoy una entrevista hecha al periodista John Carlin en donde dijo esta frase: “Si votar Sí es traicionar a los muertos, votar No es traicionar a los vivos y a los que están por nacer”. Tengo que decir que esa frase refleja justamente la verdad que siente mi corazón ahora, esa es la única certeza que me hace decir ahora a ese acuerdo de paz y a los que vengan con el ELN, con los paramilitares. Cualquier acuerdo que contribuya a construir consensos y acuerdos jurídicos, políticos y sociales que aporten a que algún día podamos garantizar la certeza de vivir un País más seguro y con oportunidades para todos, es la verdad suprema que debemos tratar de alcanzar.

“…Tolerar los defectos del mundo hasta que pueda encontrar el secreto que me permita ponerles remedio”

Argumentos han corrido y venido en los medios de comunicación, en los cafés, en las universidades, en las casas, en las familias, en las escuelas, en las instituciones, en las calles, en las redes sociales, en las plazas públicas, algunas con sólidas argumentaciones y muchas simplemente diciendo cualquier cosa para mostrar las imperfecciones de los acuerdos alcanzados entre el Gobierno y las FARC.

Una cosa es clara y es que no ha existido ni existirá un acuerdo de paz perfecto en el mundo, pretender eso es como pretender que se acabe el hambre y la miseria en el mundo en un abrir y cerrar de ojos. Esto no puede ser posible porque los acuerdos de paz nunca podrán satisfacer las demandas de todas las partes y se basan en los consensos, en el caso del acuerdo entre las FARC y el Gobierno, estos consensos han sido construidos con la asesoría de personas idóneas desde lo jurídico y han sido públicos.

Ningún conflicto armado se ha acabado sin tribunales de justicia transicional, justamente porque esa justicia existe en el orden jurídico internacional para blindar garantías a la verdad, la reparación y la no repetición de violaciones masivas de derechos humanos. Si las violaciones masivas a los derechos humanos fueran tratadas por la justicia penal ordinaria, en el caso de Colombia el sistema judicial no tendría capacidad de respuesta y estaría parcializado.

Los que hemos seguido el proceso desde el inicio hemos visto cambios considerables en las posiciones ideológicas de las partes en favor de que cese la guerra y por eso creo que parte de ayudar a construir la paz es tolerar el margen de imperfección que tienen los acuerdos y aceptar los retos que tiene para todo el país implementarlos, porque nadie tiene el secreto mágico de hacer unos acuerdos de paz donde todo el mundo esté contento. Sin asomo de dudas, creo en decir sí a la Paz, porque: “No hay camino para la paz, la paz es el camino”.

 

*Licenciado en Etnoeducación de la Universidad Pontificia Bolivariana. Poeta y acompañante de procesos organizativos de comunidades indígenas y afrocolombianas.