El uribismo y la ’guerra’ callejera como táctica electoral

El fascismo se asienta en las emociones. Y el uribismo político, sea el del Centro Democrático o el de otras formaciones que lo practican, ha decidido pasar en estas elecciones a una fase de confrontación callejera basada en lo emocional para ganar votos a punta de radicalizar su mensaje -y sus acciones-.

Son casi dos décadas de hegemonía narrativa del uribismo -no confundir, exclusivamente, con Álvaro Uribe-. Una hegemonía que se ha basado en el “enemigo único” (las FARC), en el miedo (como base para ‘vender’ la sensación de seguridad) y el patriotismo (culmen política de la emocionalidad). Y, ahora, cuando la guerrilla armada de las FARC se ha convertido en el partido político desarmado de las FARC, el uribismo político aprovecha lo sembrado para movilizar a grupos de simpatizantes para tensar y ganar la correlación de fuerzas, totalizar las calles y apostar por un proyecto único, sin contradictores, basado en un populismo de derechas clásico que, al usar la ‘guerra’ callejera muestra, quizá, su verdadero rostro: el fascismo.

Esa ‘guerra’, cargada de violencia simbólica y de violencia real, ha tenido un crecimiento exponencial durante la última semana. Los ataques a los candidatos ahora desarmados de las FARC, Rodrigo Londoño (Timochenko) en Quimbaya (Quindío), Armenia, Cali o Yumbo (Valle), o a Iván Márquez en Florencia (Caquetá), el apedreamiento este sábado 10 de febrero de un autobús con militantes de la nueva formación Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (FARC), se combinan con el asesinato uno a uno de ex guerrilleros que participan del proceso de reintegración a la sociedad después de abandonar la lucha armada. Son ya unos 50 ex guerrilleros los asesinados, el último Víctor Alfonso Sánchez Manjarrez, e, El Bagre (Antioquia) este 10 de febrero.

Pero los grupos identificados con el uribismo político (unos liderados por candidatos del Centro Democrático, otros con camisetas de Alejandro Ordóñez, todos espoleados desde las redes sociales) no se conforman con los miembros de las FARC. Ahora, como siempre para ellos, toda la izquierda y los movimientos sociales son parte de una especie de complot comunista invasor que, bajo la franquicia FARC, busca la perdición de Colombia. Por eso, Aída Avella, la presidenta de la Unión Patriótica (UP) –el partido casi exterminado en el anterior proceso de paz en el que se comprometió las FARC-, o Liney Paternina, candidata de la UP en Córdoba han sido atacadas e insultadas en la calle durante la campaña de cara a las votaciones de marzo.

En el caso de Gustavo Petro, los ataques se concentran ahora en las redes y en los medios de comunicación, la “guerra callejera”, cabe imaginar, se reactivará conforme se acerquen los comicios presidenciales de mayo porque ahora, para el uribismo político, es prioritario evitar que las izquierdas ganen poder territorial. Aunque la campaña de Gustavo Petro mueve a masas y es difícil que el uribismo sociológico se enfrente a una “guerra real y de masas” en las calles. De momento, sus objetivos son candidatos aislados no arropados por miles de personas.

El perfil de un movimiento de domesticación

Este uribismo político no podría lograr nada sin el uribismo sociológico, ese que se alimenta desde las industrias culturales, las tribunas de algunas confesiones religiosas y las redes sociales.

Hay dos características básicas de todo fascismo contemporáneo que se cruzan en el camino. El experto Antonio Méndez Rubio explica en su libro Fascismo de Baja Intensidad, como esta lógica política totalitaria –no necesariamente dictatorial- necesita del impulso de masas –“cuyo ‘empuje dinámico’ se vería teñido por marcadas tendencias al autoritarismo, la acción compulsiva y violenta, el antiintelectualismo (contraparte del espiritualismo y el esteticismo generalizado)- y de la liberación emocional “de una serie de ‘pasiones movilizadoras’ como, desde luego, el sentimiento de crisis, el victimismo, el miedo o el instinto de manada”.

En la Colombia que vive en la crisis, con el miedo, necesitada de identificar al victimario siempre fuera de sí, el uribismo construye una mayoría sociológica que actúa en masa instigada por argumentos puramente emocionales. No hay racionalidad que pueda alimentar “la guerra callejera” en un país que, teóricamente, está tratando de construir la paz.

El uribismo político tiene muchos rostros, claro está, que responden a grupos de interés muy diversos; sin embargo, comparten todos un mismo sustrato político: vaciamiento político, discursos emocionales, populismo discursivo y adhesión a liderazgos fuertes, a caudillos. Sobre estos último no hay duda si se sigue, por ejemplo, la campaña en redes del Centro Democrático para respaldar a su “caudillo” emocional tras la sentencia de un tribunal de Medellín que pide a la Fiscalía que investigue al ex presidente Uribe por su papel en las masacre de El Aro y La Granja, así como en la muerte del líder social Jesús María Valle. Las redes están inundadas estos días con el hashtag #ApoyoAUribe, acompañado por mensajes generales que sólo defienden a Uribe porque es el mejor, porque trabaja mucho, o porque los ataques son “orquestados”. Ni un argumento razonado en su defensa.

El #ApoyoAUribe se combina con el silencio por parte del uribismo político respecto al asesinato de líderes y lideresas sociales (26 en lo que va de año) o sobre los ex guerrilleros ultimados durante su proceso de reinserción a la sociedad. Más bien emiten mensajes suficientemente ambiguos como para estar dentro de la ley mientras siguen caldeando esa “guerra callejera”. “Las FARC no pueden esperar que las reciban con aplausos”, decía estos días Germán Vargas Lleras. “Los colombianos tienen el derecho a protestar en las calles ante la impunidad y a rechazar la burla de las Farc a las víctimas, pero sin violencia. Sí a la protesta pacífica”, animaba con detalle Iván Duque quien cree que lo que está ocurriendo en las calles –y que ha obligado a las FARC a suspender sus actos de campaña- es “sanción social” y no falta de garantías para ejercer la política de oposición.

Para echar más gasolina al fuego de la guerra está José Obdulio Gaviria, uno de los ideólogos de este uribismo político, quien, a través de twitter, se permitió mentir: “Barranquilla 2002: @TimoFARC pone bomba a @AlvaroUribeVel; él se baja y atiende a los heridos Cali 2018: tiran huevo a Timo y pide el ESMAD”. El juego es perverso. Efectivamente, las FARC se atribuyeron un atentado al entonces candidato liberal Álvaro Uribe Vélez en Barranquilla en el que murieron 4 personas y otras 6 resultaron heridas. No hay más verdad en el trino. Uribe fue trasladado inmediatamente a una comisaría de Policía y Timochencko no era el máximo líder de las FARC porque todavía estaba vivo Manuel Marulanda. La construcción del líder requiere de estas pequeñas alteraciones de la historia y de la desmemoria social.

 

El hecho es que la campaña electoral en las calles está siendo cooptada por el uribismo político que ha sacado a sus tropas de choque civiles a insultar, apedrear o amenazar a candidatos y candidatas. Y el Estado no mueve ficha. De hecho, las FARC han denunciado la pasividad estatal ante la existencia de “un plan coordinado, dirigido a impedir la participación política de un partido legalmente constituido, luego del acuerdo de paz que puso fin a un conflicto armado de más de medio siglo y que se originó, precisamente, en la intolerancia y la exclusión política, mezclada con la violencia partidista”.

No hay nada casual ni inocente en los ataques callejeros a las campañas no mayoritarias. Mal favor hace al maltrecho proceso de paz el gobierno al no extremar la vigilancia sobre las convocatorias de boicot electoral y al no aumentar la protección a ciertas candidatas o candidatos. Colombia sigue sin ser un país para el disenso político.