La religión no ha sido muy efectiva para la Colombia real. Fue mediante el decreto 820 del 18 de mayo de 1902 como el país quedó “consagrado al Sagrado Corazón de Jesús” para invocar una paz y una reconciliación que jamás llegó. Este miso viernes 28 de agosto —124 años después— la Primera Dama, Ana Lucía Pineda, ha convocado a una jornada de “oración” por las víctimas del terremoto del 10 de agosto y, según ha matizado con voz introspectiva el sacerdote, capellán de la Presidencia y primo de su marido, Rodolfo Andrés Londoño de la Espriella, por la “reconciliación del país”.
La religión ha regresado a instalarse en la Presidencia de la República como antes de la Constitución de 1991, que en su artículo 19 garantiza la libertad de cultos y en su artículo 68 indica que nadie puede estar obligado a recibir formación religiosa en los establecimientos del Estado. Si bien el texto constitucional es contradictorio —ya que en su segunda línea invoca “la protección de Dios”— y que no expresa con claridad que Colombia se dote de un Estado Laico, sí es cierto que dibuja una “neutralidad” del Estado en esta materia que nunca se ha cumplido al 100%. Lo que ahora asoma es un paso atrás contundente que se da en diferentes espacios.
En campaña, el actual presidente, Abelardo de la Espriella, afirmó que uno de sus objetivos era “sacar a Fecode [la Federación Colombiana de Educadores] de las aulas para meter a Dios”. Antes de meter a Dios, De la Espriella metió a la ultracatólica Viviane Morales como ministra de Educación. Morales no ha ocultado sus intenciones: “Restaurar principios y valores, sacar la ideologización del país y respetar el derecho de los padres en la educación. Muchas veces los padres ni siquiera saben lo que se les está enseñando a sus hijos, y estamos revisando todos los materiales escolares para garantizar que sean los padres quienes lleven a cabo su labor de cuidado y seguimiento de la educación, y sepan lo que se les está enseñando”. Lo que para este gobierno es “sacar la ideologización” significa introducir su ideología que se basa en la religión católica y evangélica más recalcitrante, la eliminación de la educación sexual o del respeto a las diversidades de sexo-género… Lo siguiente será entregar parte de la educación pública a las confesiones religiosas. Tal y como devela el diario El País ya existe un borrador de decreto que permite a los concesionarios de la educación pública incidir en los contenidos, echar a la calle a educadores o expulsar a alumnos.
De nada ha servido el ‘regaño’ de un juez de Bogotá que obliga, en teoría, a pedir disculpas a De la Espriella por haber ido en contra de la neutralidad religiosa del Estado con el show confesional presidido por la Virgen de Fátima que dominó buena parte del acto de toma de posesión. El Gobierno va copando todas las esferas con las sotanas y De la Espriella ha colocado a su primo sacerdote —Rodolfo Andrés Londoño de la Espriella— como representante el Ejecutivo en los Consejos Superiores Universitarios (CSU) de cinco universidades públicas: la Nacional, la Pedagógica, la de Antioquia (UdeA), la del Valle y la de Atlántico.
¿Batalla cultural?
En el lenguaje y las formas militaristas de De la Espriella (“¡Firmes por la patria!”) el término ‘batalla cultural’ encaja a la perfección. Quizá por eso, en un video oficial de presentación de su ministra de Cultura, Paola Holguín, cuya hoja de vida está llena de títulos en Seguridad y Defensa o en cursos de Terrorismo y Contrainsurgencia, pero de la que destaca —rozando el surrealismo— que fue la precursora de que el carril antioqueño sea patrimonio de la nación. La pieza audivisual no tiene desperdicio. Realizada con Inteligencia Artificial y con imágenes que no siempre tienen que ver con lo que pretende narrar, la voz en off —también artificial— destaca que Holguín es una “mujer de provincia” y que se trata de “la guerrera que está lista para dar la batalla cultural por la nación”.
Aunque insinúa que se acabó el tiempo de las políticas parciales, anuncia que “el ministerio de Cultura dejará de ser un difusor de ideas y empezará a crearlas para transformar a Colombia”. Y lo hará desde un criterio tan objetivo como este: “Retomar el camino de lo correcto sobre lo incorrecto. Ejercer la cultura con orden y rigor…”. Esto último se escucha mientras se ve caminar de espaldas a una mujer junto a un tigre en dirección al Palacio de Nariño. Ni la mujer es Paola Holguín ni los tigres campan por Colombia.
La batalla cultural de De la Espriella avanza también en la nueva narrativa de la política internacional con un canciller, Omar Bula Escobar, muy cercano a las tesis negacionistas del movimiento Maga que respalda a Donald Trump en EEUU, o con el nombramiento de D’Mar Córdoba Salamanca —feroz negacionista del conflicto armado en Colombia— al frente del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH).


