Diversas reflexiones han salido a flote sobre la relación que el entonces candidato, y hoy presidente, ha establecido con la religión, por tanto no me detendré en los detalles ya comentados en distintos medios. Mi reflexión apunta a la pregunta por la eficacia de esta práctica.
El uso de las imágenes de vírgenes, crucifijos y otros, lugares de culto, rituales y discursos cargados de lenguaje religioso han puesto en evidencia que para conseguir electores la movilización del sentimiento religioso de un sector de la sociedad fue significativo. De igual manera, dicho factor ha guiado la configuración del gabinete que fue instaurado con un “retiro espiritual” , lo cual llegó a un clímax en la toma de posesión cargada de simbología religiosa.
Con este itinerario lo religioso no ha sido un añadido, sino que se ha constituido en la impronta del nuevo Gobierno, cuya marca identitaria ha sido la “Patria milagro”.
Este último concepto está cargado en la semántica general del sentido de acciones mágicas, de transformaciones por acción de un oficiante con poderes sobrenaturales, de tal manera que el primer mandatario asume de taumaturgo, gracias a sus permanentes invocaciones a fuerzas divinas, para luego constituirse él mismo en deidad hacedora de milagros.
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Lo interesante es que este sello está logrando una convergencia de instituciones religiosas, emulando una suerte de teocracia basada en los principios que pretenden devolver al país al predominio de ideas conservadores que restringen libertades basándose en determinadas creencias religiosas.
La diferencia con el pasado es que la actual teocracia no tiene la hegemonía del catolicismo, sino que se trata de un ecumenismo conservador, logrando así lo que antes no se ha podido por la vía de la propia teología que promueve el encuentro entre las vertientes religiosas, sino que esta vez lo motiva el poder político dominante, de tal manera que se establece una teocracia respaldada por iglesias protestantes pregoneras de milagros, el catolicismo institucional y el judaísmo de corte sionista, como se ejemplificó el pasado 7 de agosto.
Estamos ante la reedición de períodos históricos que se suponían habían sido superados en la Carta Política de 1991 que declara el Estado laico, lo que indica que el país no ha hecho este cambio cultural luego de 35 años de la presente Constitución. El país sigue atrapado de la marca colonial, arraigada ideológicamente en el pensamiento y práctica de la cristiandad. Por tanto, nos encontramos una vez más ante el imperativo de la descolonización del pensamiento y el desencantamiento de las relaciones sociales, para no caer en las promesas de los milagros, anunciados con una “batalla cultural” para anular Derechos conquistados acusándolos de “ideologización”, o para lo que algunos es equivalente a “demonización”.
Lo religioso se pone en el centro del debate sobre los cimientos de construcción de ciudadanía, pues ésta se ha de fundamentar en la ética y no en creencias que determinan el comportamiento, estableciendo una moral atada a textos calificados de sagrados y no en el consenso social recogido en la Constitución.
Esta contienda no es antireligiosa per se, sino la afirmación de la laicidad del Estado que debe permitir el pluralismo, sin utilizar lo público para promover creencias, pues rompe con la neutralidad, como bien lo estableció el reciente fallo judicial que tuteló los derechos de un ciudadano demandante, al conminar al Presidente de la república y al presidente del Congreso a presentar excusas públicas por radio y televisión, porque durante el acto de posesión se vulneró el principio de neutralidad.
En sus palabras el juez precisó: «Los funcionarios públicos conservan de manera intacta su libertad de religión en el fuero privado; sin embargo, cuando actúan en ejercicio de sus funciones como máximas autoridades del Estado, tienen la obligación estricta de evitar asociar la institucionalidad pública con un credo o religión específica, garantizando la neutralidad»[1].
Si bien esta temática es de gran importancia, no podemos caer en la trampa de centrarnos en estas discusiones, pues tal vez ese sea uno de los ‘milagros’ que se buscan, es decir, que discutamos al respecto mientras avanzan las otras acciones del Gobierno en materia de política internacional, militar, económica o ambiental, sin que sean debatidas como corresponden, más ahora cuando la tragedia del terremoto permite nuevamente avivar el sentimiento religioso ante la situación de desamparo y fragilidad en la que se siente la población.
[1] Juzgado quinto laboral del Circuito de Bogotá. Agosto 27 de agosto de 2026

