Los hijoeputas

"Los monstruos existen pero son demasiado pocos para ser realmente peligrosos; los más peligrosos son los hombres comunes, los funcionarios dispuestos a creer y obedecer sin discutir…"

Con todo y lo mucho que nos gusta a los humanos tratar de unificar los conceptos sobre cada cosa, la vida y el universo todo en su conjunto son un asunto paradójico que se resiste a la esquematización simple. No hay cosas absolutas, ni situaciones sin aristas. Los humanos mismos no somos una excepción, así insistamos en figurarnos hijos de un dios impoluto, somos una colección contradictoria de defectos y virtudes, consecuencia apenas natural de la evolución de nuestro cerebro que mantiene una raíz del reptil y del mamífero antiguo de los que evolucionamos.

No hay forma, aunque intentemos la bondad como ejercicio de vida, de ser los seres libres de mancha que tanto pretendemos, ni existe -por mucho que quisieran los seguidores de cualquier líder divinizado- forma de que éste sea un ser sin mancha ni oquedades. Para decirlo de manera sencilla, de alguna forma y en algún nivel todos somos o hemos sido, consciente o inconscientemente, el hijueputa de alguien alguna vez y tendremos la oportunidad de seguirlo haciendo hasta el final de nuestra vida.

De hecho, para sorpresa de nuestra arrogancia sapiens sapiens, somos totalmente propensos al sadismo y el abuso sobre el otro, en tanto que seamos liberados de nuestra responsabilidad social y posibilidad de represalia por nuestros actos. Los experimentos de Milgram y Zimbardo dan una visión sobrecogedora de lo que un humano común y corriente puede llegar a hacer sobre un congénere en tanto su responsabilidad recaiga en otro o se garantice la impunidad de sus conductas.

Primo Levi en Si esto es un hombre dice refiriéndose a los humanos nazis que hicieron parte del ejercicio de degradación y exterminio los campos de concentración para judíos en la II Guerra Mundial: “No eran esbirros natos; no eran (salvo pocas excepciones) monstruos: eran gente cualquiera. Los monstruos existen pero son demasiado pocos para ser realmente peligrosos; los más peligrosos son los hombres comunes, los funcionarios dispuestos a creer y obedecer sin discutir…”. Gente como usted o como yo, que en situaciones particulares de presión, transferencia de responsabilidad, o de ausencia de castigo, podemos actuar como el ser más abyecto que podamos imaginar, que podamos permitirnos. O, como lo advierte Levi,  podemos también convertirnos en gentes “dispuestas a creer y obedecer sin discutir”. A creer, por ejemplo, que hay seres sin mancha, personas que para ser dioses solo les resta la inmortalidad y poseer sin su consentimiento (violar, con todas sus letras) a una virgen que de a luz a un hijo que camine sobre las aguas.

Somos de carne y hueso y bien en el mundo tangible, bien en nuestra fantasía, recorremos oscuros senderos que pueden llevarnos a unos “yo” que ni siquiera pudiéramos reconocer en situaciones ordinarias, pero hay una distancia ética bien grande entre la imaginación y la actuación de nuestro ser perverso, de nuestro señor o señora Hyde.

De nuestra habilidad para darle buen recaudo –o buen disfraz en el caso de los psicópatas- al lobo feroz que llevamos dentro depende nuestra posibilidad de inserción social. De nuestra capacidad como sociedad de no permitirnos espacios de fe ciega de “no razón” o “no crítica” ni de nuestros actos ni de los que nos rodean,depende también nuestra posibilidad de controlar lo que se cree lejos del escrutinio de sus pares.

Asumir el costo de las deslealtades, de los errores o de los crímenes cometidos –ojo, que se distinguen por su gravedad e intención- es una cosa que pocas veces se da por el solo reclamo de la conciencia. Las más de las veces uno ha de pasar por el descubrimiento en flagrancia y es probable que aun ahí, uno insista ciegamente en la negación, como el avestruz que se esconde hundiendo su cabeza en la tierra para no ver la realidad en procura de que esta deje de existir.

Reconocer la responsabilidad, dar la cara por lo cometido, entender la gravedad de lo hecho, empatizar con el dolor de quien se ofendió, de quién se afectó, de la víctima o de sus deudos, despojándose de la aureola de neón que nos hemos –o nos han- creado y en la que hemos –y han- creído para asumir cuando menos el costo moral que ello implica, es un imprescindible no solo para dar pasos hacia la reparación de lo hecho en el otro, sino también en uno mismo.

Reconocer que hemos sido ciegos o que hemos actuado como si lo fuéramos, balando como borregos para no quedarnos fuera del rebaño que sigue al emperador mientras va desnudo con todos, incluyendo al soberano y a su corte pregonando que va vestido de maravilla, es también difícil, porque es reconocer nuestra propia idiotez, nuestra propia bajeza y quizás prefiramos seguir subiendo el tono para que los gritos oculten nuestra falta de razón. Pero ni la realidad le desaparece al avestruz, ni nuestros bramidos deshacen nuestra cara de tontos.

Intentar mirar los hechos, no para ganar la discusión sino para aproximar una verdad, reconociendo que hemos sido en cualquier medida hijueputas hasta con nosotros mismos, para asumir las culpas, las propias o las aplaudidas, presionando para quitar las inmunidades de cualquier intocable, no va a juntar lo roto, lo talado, lo destruido.

El muerto seguirá en su tumba y la memoria seguirá allí palpitando en la herida.

Pero hacerlo, decir lo que hicimos, dignificar a las víctimas con algo de verdad, permitirnos el lujo de pensarnos desde el otro, desde lo otro y no desde nuestro propio ombligo como centro del Universo, nos va a permitir cicatrizar las heridas vivas y abonar un campo para un nuevo reverdecer

Nuestro libro de Historia no avanzará por más que pasemos sin leer las páginas de las Claudias Morales –denunciante silente de su violación-, de los Temístocles Machado –líder del paro en Buenaventura, asesinado hoy-, de los Luis Guillermo Asensio –soldado muerto en Arauca por el ELN, para no decir de su dolor “que fue que se lo buscaron”, que “no estaban sembrando café” o que era que “así es la guerra”.

Dice Carlos Piera que “Superar exige asumir, no pasar página o echar en el olvido. En el caso de una tragedia requiere, inexcusablemente, la labor del duelo, que es del todo independiente de que haya o no reconciliación y perdón (…) el duelo no es ni siquiera cuestión de recuerdo: no corresponde al momento en que uno recuerda a un muerto, un recuerdo que puede ser doloroso o consolador, sino a aquel en que se patentiza su ausencia definitiva. Es hacer nuestra la existencia de un vacío”. Y sí, para poder seguir, tendremos que decir los que hicimos, decir sus nombres y asumir.

Empatizar de una buena vez con la vida y su dolor y no con la destrucción.

 

*Fotero todo tiempo, escribidor de cuando en vez. Bobo desde 1968. No perfore el envase.