«Es culpable la zarpa de la guerra…»

“Por todas partes, por el cielo de estrellas,
Por la tierra de espigas, por el agua de peces,
Veo que anda la muerte”
Carlos Castro Saavedra

 

Lo menos que puede concluirse de la atribulada intervención del presidente [Iván] Duque ante el lamentable y rechazable ataque a la Escuela de Cadetes es que el dolor que le acomete como gobernante es, en todo caso, un dolor de parte.

Nadie podría ni debería contradecir sus razones para declarar tres días de duelo nacional ante la pérdida de vidas en ese atentado, pero sí podría dudarse con suficiencia de la congoja y preocupación que le haya podido causar la larga lista de hombres y mujeres asesinados por todo el país desde que inició su mandato y que se conjuntan en el ya acuñado término de exterminio de líderes sociales.

Y es que respecto a este extenso obituario, el señor presidente, su gobierno y su partido -uribísima trinidad-, han mostrado una indolencia aberrante. Su silencio y prácticas mediáticas para desviar la atención de la opinión pública hacia otros temas, manifiestan un desprecio insultante hacia esa inmensa franja de población que es objeto de ese militarismo envalentonado y oficioso que sintoniza con la imposición de los intereses de la clase más privilegiada del país.

Tanto la sistemática eliminación de las molestas voces opositoras a los proyectos de expansión económica y de carácter extractivista del gobierno, como la explosión del carro bomba, resultan convenientes a los afanes programáticos del Centro Democrático y a su gestor en la Casa de Nariño. Por lo primero, se destruyen las acciones ciudadanas que, desde la legalidad y capacidad organizativa, plantan cara a la voracidad empresarial, defendiendo con sentido común los derechos fundamentales de la población. Por lo segundo, se habilita un escenario propicio para la incursión del discurso y las medidas más guerreristas, enarbolándose desde los sectores más conservadores las viejas consignas patrioteras, adoratrices de gloriosa munición.

La reacción cuasi inmediata del jefe de gobierno rompiendo los ya frágiles hilos de negociación política con el ELN, dando por cierta la velocísima tesis policial de su responsabilidad en el atentado -sin esperar a un resultado objetivamente fiable de la respectiva investigación-, contrasta groseramente con la impunidad total que envuelve los cientos de asesinatos ocurridos contra la dirigencia social de base.

Atribuirle a los elenos como organización la autoría del ataque se ajusta con precisión al itinerario de demolición de la mesa de negociación, toda vez que los informes oficiales especifican esa autoría en alias Pablito, definido por la prensa como acérrimo enemigo de los diálogos. Duque prefiere entonces recostarse en el hombro de quien en el ELN quiere romper la mesa, antes que acercarse a aquellos que expresan voluntad de fortalecerla.

Por desgracia, los acontecimientos confirman los peores pronósticos acerca de la regresión a las fatídicas jornadas rubricadas por el expresidente Uribe. El actual gobierno es más que un mero tufo de su tutoría, es una reedición de su estilo, incluida la no asunción de responsabilidad en los hechos que arrebatan a la nación su derecho al optimismo. El gobierno hace como que nada tiene que ver con las tareas de su mandato constitucional. El solo incumplimiento de la obligación internacional que el estado asumió con la firma de los acuerdos con las FARC y el desdén para garantizar el artículo 16 de la Carta Fundamental, son suficientes señales de su incompetencia y falta de credibilidad para responder a los anhelos de paz.

Por extensión, son poco respetables las esquelas de condolencia provenientes del mundo empresarial y financiero convocando a una Colombia unida ante el terrorismo. Se multiplican sus plañideras reacciones en áulico coro con el gobierno, mostrando su profunda tristeza por el daño a la institución policial, sin que aparezca ningún gesto de solidaridad con las víctimas de campos y barrios donde vidas, igualmente valiosas, son truncadas por soñar otro modelo social.

Peligroso juego el de prestantes personas fundando categorías dolientes dentro de esta febril guerra colombiana, desoyendo la lección de que cada vida arrebatada es una muerte general. Hoy más que ayer, debieran dolerse por humanidad o cortesía, con todo rastro de horror dejado por la violencia. Sin distingos. A fin de cuentas, responsabilidad les cabe.

Lo advirtió Castro Saavedra: “...de todos estos muertos que aún viven es culpable la zarpa de la guerra, y los caudillos bárbaros que exhiben sus cabezas de bestias por la tierra”.

 

*Cantautor en el exilio