El Chocó que Gabo contó

¿Qué paralelismos hay entre el departamento que relató García Márquez en 1954 y el del paro cívico de 2017? El premio Nobel escribió: “Ese era el Chocó que quisimos revelar a los colombianos sin resultado alguno, pues una vez pasada la noticia todo volvió a su lugar, y siguió siendo la región más olvidada del país".

Esta es una historia absurda donde las haya. De esas que pueden conocerse casi por casualidad, rebuscando entre textos periodísticos del escritor Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura (1982), quien entre septiembre y octubre de 1954, cuando tenía 27 años trabajaba como reportero en el diario El Espectador y apenas escribía su primer novela, con una decena de cuentos publicados entre El Espectador y la revista Crónica, presentó en El Espectador, una serie de cuatro reportajes, titulada: El Chocó que Colombia desconoce, y que en aquel momento, mostraron una realidad que aún hoy no es diferente, a propósito del paro cívico del Chocó, iniciado el 10 de mayo de 2017.

En septiembre de 1954, el entonces presidente de Colombia, Gustavo Rojas Pinilla plantea la división del departamento del Chocó y propone entregarlo a los tres departamentos vecinos: Antioquia, Caldas y Valle, lo que genera una manifestación ciudadana que quedó en la memoria de quienes conocieron el resultado de la labor periodística del líder chocoano Primo Guerrero, del reportero Gabriel García Márquez y del fotógrafo Guillermo Sánchez. Los cuatro reportajes integran la compilación Crónicas y reportajes (1976), y los detalles de su creación están relatados en el reportaje de televisión conducido por del periodista Germán Castro Caycedo, para la programadora RTI en 1976 y que publicó el diario El Espectador entre el 16 y 23 de marzo de 1977, en una serie titulada “Gabo cuenta la novela de su vida”. Esta historia fue ampliada posteriormente en Vivir para contarla (2002), autobiografía de Gabriel García Márquez.

Es necesario ubicarse en la época en que estos hechos sucedieron, para comprender el alcance que esto tuvo en la opinión pública. En 1954, Gustavo Rojas Pinilla, general militar, hijo de militar, cursaba su primer año como presidente de Colombia, luego del golpe de estado contra el presidente conservador Laureano Gómez, ocurrido el 13 de junio de 1953.

Fue un año de cambios, iniciados desde el primer día de su toma del poder y que quedaron en la memoria de los colombianos que ese mismo día escucharon a través de la Radio Difusora Nacional, su discurso de posesión en donde dijo: “No más sangre, no más depredaciones a nombre de ningún partido político, no más rencillas entre amigos de la misma Colombia inmortal. Paz, Derecho, Libertad, Justicia para todos sin diferenciaciones.”. La mayoría de colombianos que lo oyeron decir eso, y de quienes lo supieron después por boca de otros, recibieron con agrado este mensaje, cuando fueron incontables cifras de víctimas que sufrían la violencia sangrienta partidista, desbordada con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, líder político del partido Liberal, el 9 de abril de 1948.

Cuentan las crónicas de la época, que el 8 de junio de 1954, a cinco días de cumplirse el primer año de mandato, un grupo de estudiantes de la Universidad Nacional, conmemoraban 25 años del asesinato de Gonzalo Bravo Páez, un estudiante de Derecho que en 1929 murió víctima de un disparo de fusil. El día de su muerte, oficiales de la guardia presidencial intentaban aplacar una protesta contra la United Fruit Company y en el tropel hubo disparos. Gonzalo Bravo, que no estaba en la protesta, iba a comer y pasó por el lugar cuando recibió el balazo que lo mató. De vuelta al 8 de junio de 1954, el día de la conmemoración, otro estudiante; Uriel Gutiérrez, cayó asesinado en medio de una riña entre un cordón de la policía militar y un grupo de estudiantes. Un día después, el 9 de junio, universitarios inician una marcha hacia el Palacio Presidencial, en señal de protesta por el asesinato de Uriel Gutiérrez y una patrulla de militares integrantes del batallón Colombia, entrenados para la guerra de Corea, tratan de impedirlo. En medio del alboroto, ráfagas de metralla asesinan a varios estudiantes y a algunos transeúntes. El hecho deja 12 muertos y el gobierno argumenta que han repelido una acción orquestada por el comunismo y por la oposición del régimen. Este suceso se convierte en el primer choque callejero de civiles contra el gobierno de las Fuerzas Armadas y a partir de ese momento, Gustavo Rojas Pinilla asume la dictadura militar

Tres meses después, Rojas Pinilla en conflicto abierto con la prensa y con una parte grande de la opinión pública, anuncia la determinación de dividir el departamento del Chocó y repartirlo entre los tres departamentos circundantes: Antioquia, Caldas y Valle. En aquel entonces, el único acceso terrestre a Quibdó, solo era posible a través de una carretera desde Medellín y su estado permitía un viaje de veinte horas o más, para cubrir ciento sesenta kilómetros. Hoy esas condiciones no son muy diferentes.

Gabriel García Márquez en Vivir para contarla (2002), su autobiografía, narra cómo veían desde Bogotá, lo que sucedía en el Chocó: “En la redacción del periódico dábamos por hecho que no había mucho que hacer para impedir el descuartizamiento decretado por un gobierno en malos términos con la prensa liberal. Primo Guerrero, el corresponsal veterano de El Espectador en Quibdó, informó al tercer día que una manifestación popular de familias enteras, incluidos los niños, había ocupado la plaza principal con la determinación de permanecer allí a sol y sereno hasta que el gobierno desistiera de su propósito. Las primeras fotos de las madres rebeldes con sus niños en brazos fueron languideciendo al paso de los días por los estragos de la vigilia en la población expuesta a la intemperie. Estas noticias las reforzábamos a diario en la redacción con notas editoriales o declaraciones de políticos e intelectuales chocoanos residentes en Bogotá, pero el gobierno parecía resuelto a ganar por la indiferencia. Al cabo de varios días, sin embargo, José Salgar se acercó a mi escritorio con su lápiz de titiritero y sugirió que me fuera a investigar qué era lo que en realidad estaba sucediendo en el Chocó.”

Ante este panorama, deciden viajar a Quibdó. Gabriel García Márquez, acompañado por el fotógrafo Guillermo Sánchez toman un avión desde Bogotá y luego de una escala en Medellín y una tormenta sobre la selva, llegan a Quibdó y encuentran una realidad diferente a la que contaban las notas del corresponsal Primo Guerrero: “Al término de unas dos horas de suerte y azar el avión se inclinó sobre su izquierda, descendió en posición de ataque sobre una selva maciza y dio dos vueltas exploratorias sobre la plaza principal de Quibdó. Guillermo Sánchez, preparado para captar desde el aire la manifestación exhausta por el desgaste de las vigilias, no encontró sino la plaza desierta. El anfibio destartalado dio una última vuelta para comprobar que no había obstáculos vivos ni muertos en el río Atrato apacible y completó el acuatizaje feliz en el sopor del mediodía”.

Por la información que llevaban, la tarea era urgente y debía iniciar apenas llegaran a Quibdó y relatar lo que encontraran: “La iglesia remendada con tablas, las bancas de cemento embarradas por los pájaros y una mula sin dueño que triscaba de las ramas de un árbol gigantesco eran los únicos signos de la existencia humana en la plaza polvorienta y solitaria que a nada se parecía tanto como a una capital africana. Nuestro primer propósito era tomar fotos urgentes de la muchedumbre en pie de protesta y enviarlas a Bogotá en el avión de regreso, mientras atrapábamos información suficiente de primera mano que pudiéramos transmitir por telégrafo para la edición de mañana. Nada de eso era posible, porque no pasó nada.”

El retrato de Quibdó en aquel momento, relatado con palabras de Gabriel García Márquez, muestra una realidad y un escenario apropiado para sustentar lo que Primo Guerrero había creado meses atrás con sus notas de prensa: “Recorrimos sin testigos la muy larga calle paralela al río, bordeada de bazares cerrados por el almuerzo y residencias con balcones de madera y techos oxidados. Era el escenario perfecto pero faltaba el drama. Nuestro buen colega Primo Guerrero, corresponsal de El Espectador, hacía la siesta a la bartola en una hamaca primaveral bajo la enramada de su casa, como si el silencio que lo rodeaba fuera la paz de los sepulcros. La franqueza con que nos explicó su desidia no podía ser más objetiva. Después de las manifestaciones de los primeros días la tensión había decaído por falta de temas. Se montó entonces una movilización de todo el pueblo con técnicas teatrales, se hicieron algunas fotos que no se publicaron por no ser muy creíbles y se pronunciaron los discursos patrióticos que en efecto sacudieron el país, pero el gobierno permaneció imperturbable. Primo Guerrero, con una flexibilidad ética que quizás hasta Dios se la haya perdonado, mantuvo la protesta viva en la prensa a puro pulso de telegramas.”

En el reportaje del periodista Germán Castro Caycedo, publicado en El Espectador (1977), Gabriel García Márquez relata el viaje y el encuentro con Primo Guerrero: “Eran unos Catalinas, rezagos de guerra, que hacían Bogotá, Medellín, Quibdó. No tenían sillas, sino que llevaban carga y uno iba sentado en los bultos de escobas. Llegando a Medellín había una tormenta tremenda y el Catalina se metía por entre la tormenta y se llovía. Entraba agua en el avión y entonces venían y le daban a uno periódicos, y uno se ponía los periódicos en la cabeza para no mojarse. (…) Llegamos a Quibdó, bajó en el río y era un pueblo totalmente desierto a las dos de la tarde. Con un calor… Yo iba con un fotógrafo, con Guillermo Sánchez. Empezamos a recorrer aquellas calles desiertas, con ese calor que era aplastante. Era el calor de Aracataca. Volvía a vivirlo ahí. No había manifestación. ¡No había nada! Le pregunté a alguien, “¿dónde vive fulano de tal que es corresponsal de El Espectador?”. Me dijeron dónde, llegué y encontré un hombre largo, flaco, tirado en una hamaca. Estaba durmiendo la siesta. Lo desperté y le dije, “¿dónde está la manifestación permanente?”. Dijo: “no, si aquí no hay manifestación permanente. Lo que pasa es que yo no entiendo cómo es posible que esta gente tenga tan poco espíritu cívico que lo van a desmembrar, lo van a repartir, va a acabar el departamento y nadie se ha preocupado, y entonces yo decidí inventar por telegramas esta manifestación permanente”. Le dije, “Mira: te advierto que yo no me he metido en un Catalina que se llueve, con un piloto que era pitcher en la Matuna y que no tiene ni la menor idea de esto, para salir ahora con que no hay manifestación. ¡De manera que me haces la manifestación!”. Nos fuimos donde el gobernador y le explicamos la situación. Entonces el tipo la convocó con un bando. Sacaron las escuelas, sacaron los colegios, sacaron la gente y llenaron la plaza. Y empezamos a decirle a una viejita, usted se desmaya, y entonces Guillermo Sánchez tomaba la viejita desmayada. Sacaban a una estudiante cargada, Guillermo Sánchez tomaba la fotografía… Todo esto se devolvió en el Catalina. Se armó el gran escándalo. Por primera vez El Espectador publicó fotos de la manifestación permanente. Al día siguiente la manifestación continuaba. Mandamos más fotos, mandamos más cables y el cuarto día ya la manifestación era verdad. Ya la gente se lo creía, ya se desmayaban de verdad, ya caían exhaustos por el sol y ya los senadores y los representantes chocoanos se habían ido para el Chocó a capitalizar esta manifestación, y ya estaban pronunciando discursos de verdad. En el siguiente avión no sólo se fueron todos los senadores y los ministros, sino que se fueron todos los periodistas y terminaron haciendo una manifestación permanente de verdad, con lluvia, con ministros desmayados, tanto que a la semana el gobierno decidió que ‘en vista del extraordinario espíritu cívico del Chocó y de la abnegación y del heroísmo de los políticos chocoanos, no se desmembraba el Chocó’. Yo me quedé, hice un reportaje completo sobre El Chocó, donde demostraba que era un departamento abandonado, que las gentes estaban en una situación económica terrible y que había que hacer algo por ellos. Y a la semana estaban los chocoanos escribiendo cartas a El Espectador diciendo que yo era un miserable, que me habían tratado como a un príncipe y había venido a decir que ellos se estaban muriendo de hambre y que no era cierto porque ellos estaban muy bien”.

Cuatro reportajes dieron cuenta de realidades no contadas hasta ese entonces en medios nacionales. Son ellos: Historia íntima de una manifestación de 400 horas; Una familia unida sin vías de comunicación; Aquí se aprende a leer en el código civil,  y La riqueza inútil del platino colombiano. La serie, titulada: El Chocó que Colombia desconoce, y compilados en Crónicas y reportajes (1976), describe en cada uno, escenarios y personajes del Chocó que Gabriel García Márquez encontró. Así lo expresa en Vivir para contarla (2002): “Lo que tratamos de transmitir en cuatro largos episodios fue el descubrimiento de otro país inconcebible dentro de Colombia, del cual no teníamos conciencia. Una patria mágica de selvas floridas y diluvios eternos, donde todo parecía una versión inverosímil de la vida cotidiana. La gran dificultad para la construcción de vías terrestres era una enorme cantidad de ríos indómitos, pero tampoco había más de un puente en todo el territorio. Encontramos una carretera de setenta y cinco kilómetros a través de la selva virgen, construida a costos enormes para comunicar la población de Itsmina con la de Yuto, pero que no pasaba por la una ni por la otra como represalia del constructor por sus pleitos con los dos alcaldes.”

En Vivir para contarla (2002), Gabriel García Márquez también da cuenta del abandono institucional y cómo los chocoanos desarrollaban formas de solucionarlo: “En alguno de los pueblos del interior el agente postal nos pidió llevarle a su colega de Itsmina el correo de seis meses. Una cajetilla de cigarrillos nacionales costaba allí treinta centavos, como en el resto del país, pero cuando se demoraba la avioneta semanal de abastecimiento los cigarrillos aumentaban de precio por cada día de retraso, hasta que la población se veía forzada a fumar cigarrillos extranjeros que terminaban por ser más baratos que los nacionales. Un saco de arroz costaba quince pesos más que en el sitio de cultivo porque lo llevaban a través de ochenta kilómetros de selva virgen a lomo de mulas que se agarraban como gatos a las faldas de la montaña. Las mujeres de las poblaciones más pobres cernían oro y platino en los ríos mientras sus hombres pescaban, y los sábados les vendían a los comerciantes viajeros una docena de pescados y cuatro gramos de platino por sólo tres pesos.”

Este panorama refleja también comportamientos en la gente del Chocó y que Gabriel García Márquez describe en su autobiografía como una forma de compensar las fallas que en ese entonces existían y que aún hoy existen, aumentadas por dificultades físicas y ausencias institucionales: “Todo esto ocurría en una sociedad famosa por sus ansias de estudiar. Pero las escuelas eran escasas y dispersas, y los alumnos tenían que viajar varias leguas todos los días a pie y en canoa para ir y volver. Algunas estaban tan desbordadas que un mismo local se usaba los lunes, miércoles y viernes para varones, y los martes, jueves y sábados para niñas. Por fuerza de los hechos eran las más democráticas del país, porque el hijo de la lavandera, que apenas si tenía qué comer, asistía a la misma escuela que el hijo del alcalde”.

La minería estaba desatada desde después de la independencia, cuando empresas británicas y francesas recorrieron las selvas chocoanas en la búsqueda de yacimientos mineros, y explotaron el oro y platino del Chocó, y su posterior modernización en las últimas décadas del siglo XIX, de la mano de inversionistas norteamericanos que conformaron La Chocó Pacífico y que controlaron la explotación minera en Colombia. De todo ello, Gabriel García Márquez también encuentra lo que sucedía en Andagoya: “Muy pocos colombianos sabíamos entonces que en pleno corazón de la selva chocoana se levantaba una de las ciudades más modernas del país. Se llamaba Andagoya, en la esquina de los ríos San Juan y Condoto, y tenía un sistema telefónico perfecto, muelles para barcos y lanchas que pertenecían a la misma ciudad de hermosas avenidas arboladas. Las casas, pequeñas y limpias, con grandes espacios alambrados y pintorescas escalinatas de madera en el portal, parecían sembradas en el césped. En el centro había un casino con cabaret-restaurante y un bar donde se consumían licores importados a menor precio que en el resto del país. Era una ciudad habitada por hombres de todo el mundo, que habían olvidado la nostalgia y vivían allí mejor que en su tierra bajo la autoridad omnímoda del gerente local de la Chocó Pacífico. Pues Andagoya, en la vida real, era un país extranjero de propiedad privada, cuyas dragas saqueaban el oro y el platino de sus ríos prehistóricos y se los llevaban en un barco propio que salía al mundo entero sin control de nadie por las bocas del río San Juan”.

El relato de este viaje, cuyo resultado fueron los cuatro reportajes compilados en Crónicas y reportajes (1976), y los pormenores contados en el reportaje del periodista Germán Castro Caycedo, y ampliada posteriormente en Vivir para contarla (2002), la autobiografía de Gabriel García Márquez, abren una brecha en la historia del Chocó y que permiten un paralelo de más de medio siglo entre dos retratos, uno tomado en 1954 y otro tomado en 2017.

Este paralelo, llevado a cifras, son 63 años en los que han pasado 15 presidentes en 17 períodos presidenciales, y junto a ello en el departamento del Chocó, el número de períodos de gobernadores, diputados, alcaldes, concejales y ediles, con sus respectivas modificaciones de ley con respecto al tiempo, multiplican el número de individuos que han tenido en sus manos la responsabilidad de generar cambios y oportunidades para un territorio de 46.530 km², con 30 municipios y algo más de quinientos mil habitantes, y que cada año empujan a su gente a las vías de hecho, como el paro iniciado el 10 de mayo del año en curso (2017).

Gabriel García Márquez en Vivir para contarla (2002) cierra el relato de su aventura en El Chocó con la intención de su trabajo como reporte: “Ese era el Chocó que quisimos revelar a los colombianos sin resultado alguno, pues una vez pasada la noticia todo volvió a su lugar, y siguió siendo la región más olvidada del país. Creo que la razón es evidente: Colombia fue desde siempre un país de identidad Caribe abierto al mundo por el cordón umbilical de Panamá. La amputación forzosa nos condenó a ser lo que hoy somos: un país de mentalidad andina con las condiciones propicias para que el canal entre los dos océanos no fuera nuestro sino de los Estados Unidos”.

Llegado a este punto, es válido afirmar que cada lector recrea su versión de lo leído, para lo cual también es válido afirmar que los cuatro reportajes plantean una relectura contemporánea, a partir de la reconstrucción de sus contenidos. Este hecho plantea una propuesta que puede considerarse un absurdo, casi inadmisible, una pretensión que puede alcanzar límites cercanos a la vergüenza y sin mayor justificación que las ganas de ver lo que resulta: de modo arbitrario, de modo obstinado. Los cuatro reportajes nos proponen su reescritura, contando el Chocó de este tiempo.

Frente a una manifestación de esa naturaleza, que puede parecer una pretensión ingeniosa, con el afán de impresionar, resulta válido también reflexionar sobre los hechos que hicieron posible el absurdo en esta historia. Existen dos formas de percibir lo que conocemos como historia. Una es el resultado fortuito, para el cual la historia es el fruto incierto de una cadena de acciones absurdas, imprevisibles, aleatorias, es el caos que intentamos reparar. La otra percepción, es la manipulada por el individuo, un escenario de manos, ojos y bocas invisibles que actúan en un teatro donde todo ocurre por un motivo. A esta percepción, el individuo responde de dos formas, en una es escéptico, irónico, y en la otra, asume que el objetivo de toda manipulación es ocultar su existencia y el hacerse impalpable, es la evidencia de ello.