Riosucio quema en la memoria

El claretiano Emilio Gómez no olvida. Ni las fechas, ni los hechos, ni el profundo dolor. Este sacerdote de 78 años fue un símbolo de resistencia ante la embestida paramilitar y ahora, 20 años después, no puede ser optimista.

Emilio Gómez Jaramillo aprendía geografía de niño imaginando un avión que lo llevaba de su Rionegro natal a Bogotá, a Cali, a La Guajira… “Parecía que ya sabía yo que allí habría aeropuerto”. Tuvieron que pasar muchos años antes de que eso sucediera. El padre Emilio nació el 9 de marzo de 1938 y el aeropuerto no sería inaugurado hasta 1985. En la geografía imaginaria de aquel niño que llegó al mundo con la ayuda de su abuelo, el partero Ramón Jaramillo, tampoco figuraba Riosucio (Chocó), el lugar donde le tocaría vivir los momentos más esperanzadores, primero, y más amargos, después, de toda su vida.

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Emilio camina ahora con cierta dificultad. Sube los peldaños de la casa de formación claretiana en Medellín con energía pero con pasos cortos. A los 78 años su memoria está intacta aunque recordar le duela hasta desbordar sus ojos y hasta provocar que en tres horas su voz se atragante en dos ocasiones con una humedad de muerte.

Para el sacerdote que estaba al frente de la parroquia de Riosucio en el diciembre fatídico en el que todo cambió, en 1996, no hay nada casual. “Claro que la entrada paramilitar tenía que ver con los títulos colectivos y con tantos proyectos que esa gente tiene para el Bajo Atrato”. Fueron años de trabajo duro para los claretianos. Primero, impulsado por otro claretiano, Agustín Monroy, después, desde 1994, con Emilio Gómez y un puñado de ingenieros forestales y abogados que ayudaron a las comunidades a traducir la Ley 70 de 1993 en una realidad. El 13 de diciembre de 1996 se conoció la primera resolución que adjudicaba Títulos Colectivos de Comunidades Negras en el municipio de Riosucio: en Chicao, Clavellino, La Nueva, Bocas de Taparal, Dos Bocas y La Madre.

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“Los paramilitares se iban acercando a Risucio por la vía carreterable a Bajirá y el 6 de octubre de 1996 llegaron al caserío de La Madre. Era domingo, sacaron a las familias de las casas y, en la única calle del pueblo, los hicieron tirarse al empedrado, primero boca abajo, después boca arriba, varias horas. Sacaron a una persona y delante de todos le dispararon tres tiros. Luego sacaron a otro y lo llevaron detrás del caserío y luego de varios tiros lo tiraron al río. Antes de irse, les dieron varias consignas y les avisaron que llegarían a Riosucio pronto”.

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Emilio conoce bien lo que pasó en La Madre porque caminó 70 kilómetros, acompañado de miembros de la Acción Comunal, para ver qué había ocurrido y tranquilizar a la comunidad. Eran tiempos complejos. Riosucio era un municipio sin Estado controlado por las FARC. De hecho, “en el casco urbano había cientos de milicianos”, pero “no había problema, eran el Estado y no había choques, estábamos acostumbrados”. Los paramilitares y la XVII Brigada del Ejército, con sede en Carepa (Urabá antioqueño), no opinaban lo mismo. Y su plan, en manos del que luego sería el poderoso Bloque ‘Elmer Cárdenas’, ya había comenzado meses antes en Unguía, en febrero de ese mismo año. La operación prevista para Riosucio supondría el principio de una sangrienta guerra territorial que subió por todo el río Atrato dejando una huella indeleble.

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“El 20 de diciembre de 1996, a las seis menos cuarto, pasaron el frente del puerto de Riosucio cuatro pangas con treinta o cuarenta paramilitares cada una [el Tribunal Superior de Medellín estableció que en el operativo participaron 132 hombres armados), muy veloces. A las seis empezaron a sentirse disparos tanto de parte de la policía como de los paramilitares. Todos los habitantes nos quedamos con las puertas cerradas y llenos de miedo. Los tiros eran al aire, así que me di cuenta de que era una pantomima para atemorizar al pueblo. Se llevaron amarrados al alcalde encargado, a un profesor y a dos muchachos hasta el caño Santa María la Nueva del Darién. Allí mataron al profesor y al alcalde encargado y luego soltaron a los dos estudiantes”.
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Lo ocurrido el 20 de diciembre llevaba planeándose desde hace meses y la sucesión de hechos se lo fueron demostrando a Emilio -como las versiones libres de los comandantes paramilitares se lo confirmaron a la justicia después-. El mismo 21 de diciembre, a las 11 y media de la mañana, “llegaron los primeros helicópteros con soldados y con el general Rito Alejo del Río [condenado en 2012 a 25 años por el asesinato de un campesino en Bijao, dentro de la operación Génesis]. En las pocas palabras que cruzamos con él en compañía de la hermana Teresa, de la Comunidad de la Presentación, nos alcanzó a decir que los paramilitares eran necesarios”.

Para Emilio Gómez, y para la población de Riosucio, empezó el tormento. Ante el temor, confirmado después, de que la Armada bloqueara el río Atrato, hubo una primera estampida de casi 4.000 personas del casco urbano. Antes, los milicianos de las FARC habían puesto distancia. Los soldados estuvieron en las calles de Riosucio hasta el 28 de diciembre y ese 31 de diciembre fueron los paramilitares los que obligaron a los bailaderos a poner música para despedir el año. “Sólo se oían los disparos que ellos hacían para recibir 1997”.

El 9 de enero las FARC intentaron recuperar la cabecera municipal, pero fracasaron en el intento dejando cadáveres y miedo regados por igual. Las Fuerzas Militares reaparecieron en febrero para bombardear las comunidades del río Salaquí, el Truandó o el Cacarica y la guerrilla dio la orden a los campesinos de desplazarse para llegar a la carretera Medellín-Turbo. El Ejército los devolvió y así fue como Pavarandó se convirtió en el gran punto de concentración de desplazados. Un campesino le resumía así a Emilio la relación de estas comunidades con el Estado: “Esta guerra es la única visita del Gobierno que hemos recibido en siglos, llegó por el aire y trajo bombas y las dejó caer sobre nuestras casas y entonces entendimos que en Bogotá alguien se había acordado de nosotros”.

Salaquí 1997

Cráter dejado por una de las bombas lanzadas por la Fuerza Aérea en una comunidad del Salaquí en febrero de 1997. Foto: Jesús Abad Colorado

A partir de ahí, “lo único fue recoger cadáveres, recoger cadáveres, recoger cadáveres”, incluidos los de 15 catequistas que colaboraban con la parroquia. “Yo tenía un listado de 200 y pico asesinados, pero lo perdí cuando se me quemó un disco duro…”. Y ver partir gente. Si en los pocos días de 1996 tras la entrada paramilitar se desplazaron 3.961 personas, según el Registro Único de Víctimas, en 1997 fueron 50.350. Una diáspora en la que tuvo que participar Emilio Gómez cuando en junio de 1997 tuvo que salir de la zona amenazado por los paramilitares.

Para el padre Emilio, aún recordado en la zona, hay algunas constataciones evidentes que ha denunciado desde aquellos tiempos: “Los paramilitares y el Ejército eran la misma cosa”, detrás de toda la operación y de la guerra misma “están los intereses económicos”, el futuro de Riosucio “es cruel, porque detrás están los megaproyectos y la apropiación de tierras para minería y ganadería”, y el reto es ver si “las comunidades aguantan y si se pueden librar del arribismo de algunos líderes”.

Quizá por lo vivido, a este hombre ejemplar que ahora pasa desapercibido en las calles de un Medellín cegado por las luces de Navidad le cuesta ser optimista. “Aunque en las comunidades se han dado positivos, la verdad es que nosotros, los colombianos, somos muy violentos. Nos cuesta perdonar porque en el subconsciente profundo está esa idea de que hasta que no desmenuzamos al enemigo no hay reconciliación”.

Sin embargo, al igual que los recuerdos arden en los ojos de Emilio Gómez, también son siembra en los territorios por los que ha pasado. Luis Carlos Agudelo, un colaborador muy cercano de Emilio en la tarea de la titulación, recuerda cómo una vez se marchó sólo en caballo a Nueva Luz, en los límites con Antioquia. “Allí los paramilitares habían hecho presencia, la gente del caserío estaba encerrada y lista en mano sacaban de las casas a los supuestos colaboradores de la guerrilla. Ya había personas muertas no sepultadas y el terror vivía en ese lugar. En esos momentos llegó el padre Emilio, saludando a los hombres armados, la gran mayoría lo conocían y seguro todos habían oído de él. Abrió la capilla, llamó a misa insistentemente, pasó por cada casa, reunió a la gente, celebró la eucaristía e invitó a enterrar a los muertos. La gente atemorizada no lo acompañó en primera instancia. Él mismo procedió con la tarea cristiana de darles sepultura y de alguna forma, se le unieron otras personas; me dijo un líder campesino, que hasta paramilitares. Otro lo describió así: ‘Fue muy guapo ese cura, nos sacó de la tumba, se metió en ese peligro por nosotros, y eso que casi todos somos evangélicos’, terminó con una sonrisa”.