La cultura popular es transparente

El humo del atentado contra la Casa del Viento, en San Cristóbal, no puede ocultar el fértil tejido de cultura desde la base de la Bogotá invisible. Los procesos se hacen visibles con edificios simbólicos autoconstruidos.

En la casa de Ruth Pelayo funcionaba una tienda sin nombre que animaba las tardes de un barrio con nombre e historia de mujer: La Cecilia. Allí se cocinó un sueño. Bueno, en realidad, se bebió un sueño. Hace siete años, en la casa de Ruth, un grupo de hombres y mujeres celebraban –“con unas politas… que siempre nos gustan”- la legalización de la Junta de Acción Comunal (JAC) de La Cecilia, en la localidad de San Cristóbal, justo donde acaba la interminable ciudad de Bogotá, a pocos metros del portón que marca la entrada al Camino del Agua El Delirio, en la cuenca alta del río Fucha que forma parte de la Reserva Forestal de los Cerros Orientales.

Francelías Lancheros, el entonces flamante presidente de esa JAC, compartió con líderes de otros barrios cercanos el sueño de construir un salón comunitario porque los vecinos estaban cansados de reunirse en plena vía en este barrio oculto por una lluvia casi permanente y cuyos habitantes son, para la ciudad visible, apenas datos demográficos de la exclusión. “Pensaba entonces en una construcción de 6 x 6, de tabla y zinc”.

Pero alguien, entre polita y polita, abrió una ventana inesperada: “Le tengo el contacto”. Y comenzó el tejido de complicidades. Miguel Moreno, otro líder de San Cristóbal, le contó de la Casa del Viento, un hermoso ícono transparente que acababan de levantar los miembros de la Biblioteca Popular Simón El Bolívar con la ayuda y asesoría de Arquitectura Expandida, un incipiente colectivo nacido en aulas de universidad pero dispuesto a meterse en los barrios invisibles de la ciudad infinita.

Primero llegó un arquitecto, después más, después voluntarios, después animadores culturales…. Y ahora… “el barrio sin La Casa de la Lluvia [de ideas] sería como la Plaza Bolívar sin el Palacio de Nariño”, se ríe Francelías.

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“La paz no es una firma ni dejar los fusiles, la paz se construye desde las localidades”. José Lino Albino, de la Corporación Cultural Zuro Riente, habla con Colombia Plural mientras aún humea La Casa del Viento, el primero de los proyectos de autoconstrucción colaborativa que Arquitectura Expandida puso en marcha en Bogotá después de algunas pruebas de recuperación de espacio público.

La Casa del Viento antes del atentado.

La Casa del Viento antes del atentado.

La mañana del 9 de enero La Casa del Viento, una estructura de guadua y policarbonato encaramada sobre la biblioteca popular Simón El Bolívar, fue quemada. No se sabe (o si se sabe no se cuenta) quiénes fueron los autores, pero la comunidad es consciente de que, desde el nacimiento de este proceso de cultura popular, en 1996, los enemigos han sido múltiples.

“Sabemos que existen violencias latentes en este tipo de espacios y los procesos no se arman de la noche a la mañana, son procesos largos”, insiste Albino. “Si uno radicaliza eso, se vuelve batalla campal, y a eso no le apostamos (…) Ahora toca reconstruir y mejorar la biblioteca para que nadie la pueda tumbar”.

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De La Casa del Viento a La Casa de la Lluvia (de ideas), unos kilómetros más arriba, también encaramada en una loma, en el límite entre La Cecilia y Aguas Claras -la última barriada por este extremo suroriental de Bogotá-. “Fue un proceso de ocho meses desde que comenzamos a reunirnos con la comunidad hasta que se inauguró”, rememora Ana López-Ortego, de Arquitectura Expandida, después de repartir besos y risas con Francelías, María Jesús, Álvaro y otros vecinos que se han acercado a enseñar este espacio vivo y transparente del que están tan orgullosos.

La guadua -el noble y barato material estructural de estos proyectos- y el policarbonato -la costosa pero funcional epidermis- permiten que desde fuera se pueda intuir como, en el mismo día, ensaya un grupo de break dance, se celebra una reunión comunitaria, se dan clases de pintura o cómo funcionarios del distrito toman los datos de los vecinos cobijados por el proyecto de mejora activado tras la legalización del barrio, en diciembre de 2015.

Galería de imágenes de la construcción comunitaria de La Casa de la LLuvia (Fotos: Arquitectura Expandida)

Acá viven unas 1.000 personas en 120 predios y la legalización, por la que lucharon tanto, dicen algunos de los vecinos que ahora huele a desalojo. “Esta zona es muy apetecida por los constructores para hacer condominios”, explica Francelías. María Jesús García Rincón, la primera mujer en habitar esta loma hace 28 años, cuando levantó la casa de su hermana Bernarda, coincide con el resto en que de acá nadie la saca: “Es que esto ha sido una lucha pero lucha como para que ahora nos tengamos que salir”. María Jesús ahora parece frágil, a sus 64 años, pero sólo hasta que habla. Su discurso está salpicado del Dios en el que tanto confía, de recuerdos -“mi niñez fue catastrófica”- y de una conciencia de lucha barrial impactante. Cuando llegó a estas lomas, sin plata, cabeza de familia y trabajando en las noches, no lo dudó: “Es que este es un sitio maravilloso”.

Parte de la comunidad y de Arquitectura Expandida, dentro de La Casa de la Lluvia.

Parte de la comunidad y de Arquitectura Expandida, dentro de La Casa de la Lluvia.

Francelías, a sus 48 años, reconoce que cuando llegó acá, en 1999, esta zona le parecía “la caldera del Diablo pero con lluvia pareja”. “Ahora no lo cambiaría ni por un puñado de oro…”. “De aquí nadie se va, ese es nuestro lema, así no nos mejoren las condiciones de los servicios públicos. Si no avanzamos con la alcaldía, pues volvemos a la autoconstrucción y la autogestión”, sentencia. “En el principio fue la autogestión ¿sí o no Ana?”, pregunta entre risas el líder comunitario que preside por segunda vez una Junta donde la mayoría son mujeres (10, de 14). Y es que con autogestión levantaron sus casas, lograron el acueducto, la parabólica, la pavimentación de dos vías, y, como no, La Casa de la Lluvia [de ideas]. En el proceso de construcción el sueño regado con cerveza se fue modificando. Debieron ser los sancochos, las arepas o los ajiacos que cada fin de semana compartían jóvenes llegados de la Bogotá visible con estos espectros tan vivos de La Cecilia. “Al principio queríamos un salón comunal, pero le dimos un giro de 180 grados y esto es un espacio de cultura y de participación para todas las personas, siempre que cumplan el reglamento”.

Ahora, las afectaciones por un cuerpo de agua tienen en riesgo a un tercio de la población. La Casa de la Lluvia [de ideas] es, de nuevo, el espacio de encuentro para defender el territorio. Francelías se despide. Cambia su ropa y se encarama a la moto que lo llevará a la otra realidad de Bogotá, en pleno Norte, donde, a unos 20 kilómetros de La Casa de la Lluvia [de ideas] cuida como celador una de las empresas de publicidad más grandes del país.

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Bogotá y Medellín se abonaron hace tiempo a las megainfraestructuras culturales. Bibliotecas como la Virgilio Barco, en la capital, con 16.000 millones de pesos de inversión, o la ahora cerrada Biblioteca España, en el nororiente de Medellín (15.152 millones) se mostraron al mundo como ejemplo de un país dinámico que democratiza la cultura. Igual hace el Ministerio de Cultura, que presume hoy de la inversión de 55.949 millones de pesos durante 2016 en la construcción, reforma o mejora de infraestructura cultural.

Las megainfraestructuras son visibles, aparecen en folletos turísticos y su arquitectura y diseño conceptual son objeto de estudio y de foros. “La cultura popular también necesita de edificios icónicos que sean simbólicos”, explica Ana López-Ortego. La diferencia entre una de estas bibliotecas o centros culturales ‘oficiales’ y los populares la explica un adolescente de Ciudad Bolívar que participa en uno de estos procesos: “Ellos [la Alcaldía] construyen un centro cultural, se gastan muchos millones y al primero que contratan es al celador. Nosotros, en nuestros espacios sabemos quién entra y quién sale, no tenemos miedo, son nuestros porque con nuestras manos los hemos construido”.

En marzo de 2007 la comuna nororiental de Medellín vivió un día agitado. El 26 de ese mes subió al barrio Santo Domingo Savio, en Metrocable, una comitiva en la que estaban los entonces reyes de España, el que era presidente de la República, Álvaro Uribe y el afamado alcalde de la ciudad, Sergio Fajardo, quien dijo: “Nos atrevimos a soñar, nos decían locos, que era imposible y aquí estamos los locos dirigiendo la transformación de esta ciudad preciosa, que les da las gracias y que dice: Medellín orgullosamente está pasando del miedo a la esperanza aquí en Santo Domingo”.

Las 'cajas' de la Biblioteca España cubiertas por lona (Foto tomada de El Tiempo)

Las ‘cajas’ de la Biblioteca España cubiertas por lona (Foto tomada de El Tiempo)

El sueño le ha salido caro a la Alcaldía de Medellín que ya no sabe qué hacer con las tres inmensas cajas ahora tapadas con lonas negras. Desde hace un año y medio la Biblioteca, que costó 15.152 millones de pesos, está cerrada y ya se han gastado 10.715 millones en la subsanación de sus fallas estructurales. Hay otros 5.000 millones previstos. Al final del proceso, costará más la reforma que la inversión inicial.

El sueño entre polas en la casa de Ruth le costó a los vecinos de La Cecilia su trabajo e ilusión y una inversión en materiales de 18 millones de pesos, un 0,11% de lo que costó la Biblioteca España. Hoy La Casa de la Lluvia [de ideas] está abierta, está viva y es transparente.

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Un poco más les ha costado el recién estrenado Potocine a los vecinos del Barrio Potosí, uno de los 320 de Ciudad Bolívar, ese país dentro de una ciudad donde habita más de un millón de personas. Muchas manos, muchas energías, mucha imaginación y una inversión en materiales de 40 millones de pesos (un 0,26% de la inversión de las tres ‘cajas’ de Santo Domingo Savio y un 0,29% de los 13.500 millones invertidos por Cine Colombia en sus salas del Centro Comercial Plaza Central de Bogotá). Potosí y La Cecilia son extremos (occidental y oriental) de ese “sur de Bogotá” que se nombra entre dientes para referirse a los bolsones de exclusión. Entre ambos median unos 14 kilómetros en esta ciudad interminable de tranques, informalidad y aspiraciones.

Las manos para construir Potocine salieron de Potosí -donde se superponen en capas 15.000 personas-, de los vecinos, de los niños y las niñas que ya están acostumbrados a filmar, a crear, y de gentes aglomeradas alrededor de Ojo al Sancocho, el Festival Internacional de Cine y Video Alternativo y Comunitario que nació en 2008 en estas lomas de Ciudad Bolívar y que en su última edición (la novena) llegó a las localidades de Rafael Uribe Uribe, Kennedy, Chapinero y Tunjuelito.

“Teníamos un poco más de plata y nos esmeramos”, muestran con orgullo las gentes de Arquitectura Expandida, el socio ‘constructor’ -y ante todo, tejedor de sueños- de estas comunidades. El lugar para levantar el Potocine, emblemático, son las dos casetas donde comenzó a funcionar en 1983, cuando Potosí era una loma casi sin viviendas, el mítico Instituto Cerros del Sur (ICS), un centro de educación y dinamización comunitaria que ha sido clave en el desarrollo de Ciudad Bolívar. El edificio del cine es un cubo translúcido con una compleja estructura de guadua, una piel de policarbonato (como el de la Casa de la Lluvia) y con un interior oscuro gracias a tejas termoacústicas. Está abierto y en funcionamiento y, aunque su capacidad es, en principio, para unas 75 personas no hay sesión con menos de 90.

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“Potocine ha servido ya para generar un debate intenso en otros procesos de creación audiovisuales populares sobre la posibilidad de tener sus propios cines”, explica Daniel Bejarano, el motor de Ojo al Sancocho, que llegó a esta ciudad estigmatizada y golpeada hace 16 años y que, desde 2005, empuja este trabajo comunitario a través del cine. “Pero Potocine también debe servir para que los muchachos se apropien del territorio… es como pasar de la supervivencia a la apropiación y que pasemos de ser creativos para la muerte a ser creativos para la vida”.

Luzmila, una joven que participa en los talleres y Daniel, delante de Potocine.

Luzmila, una joven que participa en los talleres y Daniel, delante de Potocine.

Daniel parece cargar menos años de los 36 que estampan su cédula pero su voz acumula experiencia y conoce este país… y este país dentro del país, a la perfección. “No sólo se trata de que falten equipamientos comunitarios, sino de qué tipo de equipamientos queremos. Y… también, de qué ocurre alrededor de los espacios públicos… ¡qué pasa con la gente!”. Y en esta tertulia improvisada en la entrada de Potocine, donde deberán instalarse las salas de postproducción de audio e imagen, los participantes explican que Ciudad Bolívar es una especie de crisol de la expulsión y del despojo de la Colombia rural y que aquí llega y se va la gente todo el tiempo haciendo que las raíces casi nunca prosperen en esta tierra de autoconstrucción y lucha contra los estigmas. “Y tampoco se logran establecer unas reglas del juego permanentes porque aquí cada uno llega con sus prácticas… eso genera problemas de convivencia graves”.

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“En el 94 yo cree la Fundación Deportiva Ciudad Bolívar y en el año 94 teníamos el mejor equipo de fútbol sub 11. ¿Usted conoce a [Radamel] Falcao? Pues teníamos este equipo y ahí jugaba Jairito Romero, un tremendo futbolista que goleó ese año al de Falcao. Pues Jairito se lesionó y se fue a las esquinas y un día lo encontramos con 27 puñaladas. Acá andamos con la caña de pescar para rescatar a los muchachos, cada uno que sacamos es un triunfo. La cultura sirve para esa tarea”. Luzmila, Luz Marina Ramírez, fue una figura mítica del ciclismo femenino colombiano y ahora, a los 61 años de edad y “sin estudios”, es literata y el 11 de febrero estrena su primer cortometraje como guionista: “Fiesta de bárbaros”. Su entusiasmo, su picardía y su verbo son incontenibles.

Luzmila ha estado en todo el proceso de Potocine y cuenta cómo, aunque lleva grabando el devenir de Ciudad Bolívar desde hace 30 años, aprendió cine con el colectivo de Ojo al Sancocho. Ahora, lidera su propio proceso (La Vereda Films) pero sigue tejiendo en comunidad y cree que la cultura popular es una herramienta incomparable para garantizar “que los pelaos que estén en esto [el cine] no estén en la violencia”. Conclusión: “Como el Estado nos quiere brutos, nosotros resistimos con la cultura”.

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En esta tarde Potocine está lleno de niñas y niños, de los jóvenes del grupo Potorap, y de un que otro perro juguetón que parece empeñarse en participar en el taller audiovisual que prepara el intercambio de relatos en imágenes con jóvenes de los suburbios del norte de París, las conocidas como baulieues. “Todavía no se ha inaugurado oficialmente, aunque ya se proyectan cortos y fue uno de los espacios del último festival Ojo al Sancocho (octubre de 2016)”. Aquí, explica Ana, todo ha sido simbólico: “La materialidad, la autoconstrucción, las herramientas… y es el hacer el que te da las pautas de lo que hay que discutir”. Por eso, en el hacer, se determinará el modelo de gestión de Potocine y sus reglas del juego.

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Lo único importante, de momento, es “que vuelva a despertar el tema comunitario, que ha estado un poco apagado”, proyecta Daniel mientras contesta llamadas, vigila con un ojo a su hija Luna, pregunta a los muchachos cómo va todo, y atiende a los talleristas internacionales que habitan el espacio y siembran nuevos sueños. Parece que este hombre luchara contra la historia de todo un país donde, susurra, “existe el infierno” y donde él encontró algunos oásis de celuloide. “Yo tuve una infancia muy terrible y cuando mi mamá me llevaba al cine era un descanso, como ver que hay otras cosas, otra vida posible. Aquí hay muchos chicos que nunca han ido a una sala de cine y tiene derecho a ver esos otros mundos”. Transparente.