Los amigos de Jhony Campaña

El Chocó también está en Tokio. Los jóvenes de este barrio de Pereira, desplazados o hijos de desplazados, crearon en 2013 la Corporación Impacto Juvenil un espacio autogestionado para demostrar que hay otras realidades.

La noche del 30 de diciembre de 2012 unos desconocidos dispararon tres veces a Jhony Campaña Mosquera en un callejón del barrio Las Brisas. Uno de sus amigos corrió con él hacia el hospital más cercano pero Jhony no sobrevivió. Jhony era un muchacho de veinte años y una hija pequeña. Jhony era un líder comunitario, músico, cantante de hip hop. Le decían ‘El Sheriff’. Un muchacho respetuoso y tranquilo que ansiaba estudiar en la universidad y terminar alguna carrera, como ya lo estaban haciendo David y Daisy, sus compañeros del grupo de rap Alma Negra.

Todos, afrodescendientes, originarios del Occidente de Risaralda y del Chocó. Todos llegaron a Pereira con sus familias desplazadas por la guerra cuando apenas eran unos niños. Todos vivieron en las cañadas donde se levantaron asentamientos informales a mediados de los noventa, construidos de latas, plásticos y guaduas. El Danubio, El Plumón, La Laguna, La Platanera, Bosques del Otún, barrios de invasión o ‘invasiones’ a secas. Estos muchachos acabarían conociéndose en la Ciudadela Tokio, donde muchas familias que habitaban en zonas de riesgo recibieron viviendas de interés social en el año 2006. Allí fueron reubicadas 962 de ellas en casitas idénticas, de cuatro metros de frente por once de fondo, entre calles de polvo y pantano.

Cerca del 32% de la población de Tokio es desplazada y de este porcentaje una tercera parte proviene del Chocó, dice un estudio de la organización Alma Mater y la Universidad Tecnológica de Pereira . Los tres barrios vecinos –Las Brisas, El Remanso y Guayabal– fueron proyectos similares, por eso es frecuente encontrar por sus calles familias de indígenas haciendo rituales o barberías parecidas a las de Quibdó. Es como si a esa Colombia tan distinta que existe en el Pacífico hubiera sido arrancada de sus raíces selváticas y amontonada en el suburbio más pobre de Pereira, con las fincas y los cafetales de límite.

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David, el cantante de hip hop a punto de titularse en Mecatrónica, o Luisa, la chica que empezó sus estudios de Administración del Medio Ambiente, o Jairo Antonio, el adolescente que da clases de música a otros de su edad, o Carlos César, el joven que cedió la planta baja de su casa para instalar una biblioteca comunitaria; cualquiera de ellos cuenta lo mismo: la muerte de Jhony Campaña les sacudió el piso, les movió las tablas, les llenó de rabia.

“¿Otra vez vamos a dejar que siga pasando esto?”,  se preguntó por esos días Carlos César Palacios.

Grafitti de ‘El Sheriff’. Foto: David Rentería

A raíz del asesinato, los amigos de Jhony decidieron formar la Corporación Impacto Juvenil, una organización autogestionada y abierta que funciona desde entonces a punta de voluntades y convites en el barrio Tokio. Fue su manera de responder a la impotencia y el abatimiento. El propósito era generar espacios de desarrollo comunitarios que alejaran a los jóvenes de las esquinas, de las balas y las drogas.

“Ahí en la esquina hay una empresa que no descansa, las 24 horas, los siete días de la semana, y al dueño no se lo puede tocar”, dice Carlos César, uno de los líderes más activos. “Entonces nuestra estrategia es coger a los jóvenes y decirles: Vengan para acá, vamos a hacer otras cosas”.

Durante 2013 se turnaron para realizar un cine foro cada fin de semana en la cancha del barrio. Invitaron a los niños, a las madres y los ancianos. Para ello debieron conseguir prestados los equipos de proyección y andar para arriba y para abajo con un viejo bafle que amplificaba el sonido. “Ese fue el comienzo. Al principio estuvimos a punto de desfallecer”, recuerda Carlos César, “pero no tuvimos conciencia de lo que estábamos haciendo sino tiempo después”. Muchos de ellos ya tenían experiencia previa con los grupos juveniles de los barrios de invasión donde habían crecido: sabían algo de teatro, de música, conocían líderes con procesos similares. Fue así como pronto conformaron un grupo de danzas que aun sigue vigente. Luego se inventaron un programa llamado ‘Instrumentos de Cambio’.

“La labor que hacemos con Instrumentos de Cambio es guiar a los jóvenes a lo musical, desviarlos para la música en su tiempo libre -explica Jairo Antonio Mosquera– ; aprender a tocar, a leer pentagramas, que sepan reconocer las figuras musicales y no que se paren en esquinas a delinquir”.

Jairo Antonio llegó desplazado a Pereira en 1999 desde la vereda Remolinos, cerca a Juntas de Tamaná, en Chocó. Aunque era muy pequeño recuerda que con sus padres levantó un cambuche de madera y plástico en El Danubio. Jairo Antonio sabe de la rutina en la calle, de andar desocupado desde la mañana a la medianoche, sabe de buenas… y de malas compañías.

“El consumo de drogas es uno de los problemas del barrio. Todas esas personas que están consumiendo son buenas para muchas cosas, pero no tienen la forma de expresar el arte que tienen. Que se dediquen a hacer algo, a pintar un grafiti, a componer, a escribir una canción… eso es lo que intentamos”.

Carlos César Palacios opina lo mismo. Es cierto que a Tokio le faltan vías y que la gente se queja del pantanero, aunque la Alcaldía prometió un cable aéreo, por ahora embolatado, que costará 180.000 millones de pesos, todo un festín para contratistas. Es verdad que la infraestructura fue defectuosa desde el principio y que César Augusto Velásquez, el contratista de turno, construyó mal los tanques del acueducto. Es cierto que el servicio de transporte hacia el resto de la ciudad resulta deficiente, también que las casas son demasiado estrechas para familias de 6 o 7 miembros en promedio, e incluso que algunas tenían fallas estructurales por los materiales de baja calidad que usó la constructora. Todo eso es verdad, pero el problema central es el desempleo: nunca hay suficiente comida en la mesa, ni plata para las facturas, ni alternativas para los jóvenes. César entiende que, en el fondo, el asunto es estructural porque sobrepasa la realidad inmediata del barrio.

“Acá capacitan y capacitan -explica hablando de los centros de emprendimiento que la Alcaldía montó en diferentes sectores populares de la ciudad-. Qué capacitación en máquina plana, que en marroquinería, que mercadeo y ventas. Los chicos están llenos de diplomas del SENA ¿Y luego qué… si no hay trabajo?”.

Tampoco se trataba de darle casa a la gente y ya. “Voy a poner un ejemplo bien al extremo: Salamanca”, dice Palacios refiriéndose a los apartamentos gratis que el gobierno de Juan Manuel Santos entregó en otra zona de la ciudad. “No sé a quién se le ocurre la idea de hacer unos apartamentos para una familia de indígenas. ¿Qué tiene esa persona [que los planeó] en la cabeza o en qué país vive? ¿Qué estudios hizo? ¿Analizó las familias? ¿Cómo se les ocurrió meter indígenas ahí? Lo mismo pasa con Tokio y El Remanso: hacen unas casas de 4 metros por 11, para familias que en promedio son de seis o siete personas. Un estudio de la universidad mostró que la mayoría del tiempo la gente lo pasa fuera de sus casas, porque hace mucho calor y adentro no caben”.

A pesar de todo la gente agradece las viviendas. Pero no olvida que antes tenía su tierra, su comida y su agua. Antes había tiempo para los rituales, para los hijos, había tiempo para ser ellos mismos. En la ciudad todo se compra. “Acá hasta el agua hay que pagarla”, era el comentario más frecuente de los desplazados chocoanos cuando llegaron a las primeras invasiones hace dos décadas.

“La solución hubiera sido pensarse la vivienda integrada con el territorio -apunta Carlos César Palacios-, generar espacios donde la gente tenga parcelas, la dinámica de colectividad, pero como el tema era sacar de ciertos lugares a los invasores y el asunto era masivo, pues amontonaron a las personas. También están los intereses políticos, la fecha de entrega de las casas siempre se hace tres o cuatro meses antes de elecciones”.

Y cuando a César le preguntan por el postconflicto, la restitución de tierras o las posibilidades volver al Chocó, sentencia la cuestión con las anécdotas de su padre, que pasó veinte días sin comida en medio de la guerra.

“El miedo, mi hermano. La gente no quiere volver por allá. Nadie quiere volver a vivir eso”.

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Sobre la calle principal del barrio, que en verano es una polvareda y en invierno un lodazal, hay extendidas estopas con granos de café secándose al sol. Las primeras familias que llegaron a Tokio venían reubicadas desde Bosques del Otún, una invasión donde casi todos eran negros o campesinos de otros municipios del Eje Cafetero. Por eso, además de las casas, ocuparon las laderas boscosas que dan a la quebrada El Chocho, donde tumbaron el rastrojo y cultivaron café, plátano, maíz, fríjoles y frutales en terrenos del municipio.

“Fue por la nostalgia campesina -explica Carlos César-. Su idiosincrasia lo exigía. Ellos son dueños de las mejoras pero en teoría no pueden construir ahí”.

Sin embargo, el problema de la vivienda reaparece de forma cíclica. Recientemente, algunos lotes baldíos aledaños al barrio fueron invadidos por familias que pagaban arriendo o no tenían viviendas propias. Actualmente hay unas 250 casas de madera y esterillas ocupando otra cañada inundable que se sostienen en evidente riesgo por la temporada de lluvias. Es el mismo fenómeno que viene repitiéndose desde los años cincuenta cuando llegaron los primeros desplazados por la violencia, una puja de nunca acabar que termina saldándose siempre con la legalización de los asentamientos informales o con la reubicación de los invasores. Muchos vecinos de Tokio, que ya vivieron aquello en carne propia hace dos décadas, tienen su postura muy clara: no se van a oponer porque esas personas necesitan las casas.

El año pasado la Corporación Impacto Juvenil realizó la cuarta versión del Festival de Raíces Pacíficas ‘Tokiomanía’. Se convocó a grupos culturales y juveniles de la ciudad que llegaron a participar de esta fiesta de música, gastronomía, danzas y peinados afrocolombianos. Con estas actividades los muchachos de Impacto Juvenil quieren cambiarle la cara al barrio, que se los reconozca por ser un lugar orgulloso de su pasado y sus tradiciones, no por la página roja del periódico.

También consolidaron un proceso con las mujeres llamado ‘Arte y Siembra’, donde participan estudiantes de la Universidad Tecnológica de Pereira. Con aquello quieren recuperar espacios baldíos, lotes abandonados y jardines de las casas para crear huertas comunitarias.

“Muchas de esas mujeres son campesinas o hijas de campesinas -dice Luisa Marín, una de las chicas que lidera el proceso-. Ellas crecieron con la siembra, la idea es aportarles para que cultiven sus propias huertas”.

A esto se suma la biblioteca que instalaron en la casa de Carlos César desde el 2015 con libros donados y que funciona por las tardes gracias al trabajo voluntario de los miembros de la Corporación. Todos se turnan para atender a los niños cuando vienen a hacer las tareas del colegio.

“La prensa, los entes de comunicación se dirigen siempre al barrio Tokio marginándolo, de una manera mala: Sucedió algo malo en Tokio -dice Jairo Antonio Mosquera-. Pero cuando hay alguna actividad recreativa, cuando los jóvenes cantan rap, cuando hay que visualizar lo bueno que se hace, ahí si no hay presencia de esos entes informativos”.

Es el mismo reclamo de todos estos jóvenes, hastiados de que se los señale y estigmatice, cansados de que la ciudad sólo se acuerde de ellos cuando hay degollados, balaceras o derrumbes aplastando casas en alguna cañada. La prensa contó que la noche del 30 de diciembre de 2012 unos desconocidos le dispararon tres veces a Jhony Campaña. La otra noticia, la que nadie dijo, es que sus amigos siguen ahí honrando su memoria con dignidad, con coraje.